UNA PLUMA CELESTIAL
Al morir, me convertí en ángel guardián. nandita me dio la noticia en el más allá sin preámbulos ni
pequeña charla introductoria. ¿Saben esa manera que tienen los dentistas de preguntar cuáles son tus planes de navidad justo antes de arrancarte un diente? Bueno, pues nada de eso. Fue sencillamente así:
–Margot ha muerto, niña. Margot ha muerto. –En absoluto –dije–. no estoy muerta. lo dijo de nuevo. «Margot ha muerto.» Siguió diciéndolo. Me
cogió ambas manos con las suyas y dijo: «Sé que es muy duro, he dejado atrás a cinco niños sin padre en Pakistán. Todo irá bien». Tuve que salir de allí. Miré en torno y vi que estábamos en un valle rodeado de cipreses con un pequeño lago a un par de metros de donde nos hallábamos. El agua estaba protegida por espadañas cuyas cabezas aterciopeladas como micrófonos esperaban difundir mi respuesta. Bueno, no iba a haber ninguna. Advertí la mancha de una carretera gris a lo lejos entre los prados. Empecé a caminar.
–Espera –dijo nandita–. Quiero que conozcas a alguien.
–¿A quién? –dije–. ¿A Dios? Hemos llegado a la cima de lo Absurdo y estamos clavando la bandera.
–Quiero que conozcas a Ruth –dijo nandita, cogiéndome de la mano y llevándome hacia el lago.
–¿Dónde? Me incliné hacia delante, mirando a lo lejos entre los árboles.
–Ahí –dijo, señalando mi reflejo. Y me empujó hacia delante. Algunos ángeles guardianes son enviados de vuelta para vigilar
a hermanos, niños, gente a la que querían. Yo volví con Margot. Volví conmigo misma. Soy mi propio ángel guardián, un escriba monástico de la biografía del arrepentimiento, que tropieza sobre sus recuerdos, arrastrada por el tornado de una historia que no puedo cambiar.
no debería decir «no puedo cambiar». los ángeles guardianes, como todos sabemos, evitan nuestras muertes más de mil veces. Es el deber de todo ángel guardián proteger contra toda palabra, acto y consecuencia que no se corresponda con el libre albedrío. Somos los que nos aseguramos de que no ocurran accidentes. Pero lo nuestro es el cambio. Cambiamos las cosas cada segundo de cada minuto de cada día.
Cada día veo entre bastidores las experiencias que yo debería haber tenido, la gente a la que debería haber amado, y querría coger una pluma celestial y cambiarlo todo. Quiero escribir un guión para mí misma. Quiero escribir a esa mujer, la mujer que yo era, y decirle todo lo que sé. Y quiero preguntarle: «Margot. Dime cómo moriste».
Una historia política de los intelectuales