Blog de la Editora

John Cheever sobre la Generación Nocillera: no hay nada nuevo bajo el sol

 

     «"He escrito un par de cuentos para no perder la práctica", le escribió Cheever a Litvinov. "Uno de ellos es bastante guarro y el otro resulta más bien aburrido, por lo que creo que no publicaré ninguno de los dos". Pero el caso es que necesitaba dinero -aún no había aceptado un adelanto por Bullet Park-, así que envió ambos relatos a The New Yorker (uno de ellos aún sin título), "porque me gusta echar cartas al correo", como dijo en la misiva que los acompañaba. La revista aceptó el relato "aburrido", así que Cheever le puso el título más insípido que se le ocurrió, "Another story" ("Otra historia") [1]; en cuanto al relato "bastante guarro" -y muy superior-, "The world of apples" ["El mundo de las manzanas"], fue rechazado, como era de prever, y vendido en su lugar a Esquire. "Apples" se inspiraba en cierta medida en los "desagradables sueños y ensoñaciones" que le habían amargado la vida a Cheever durante mucho tiempo, pero especialmente ahora que tenía que dormir solo. Asa Bascomb, el poeta del cuento, es un descontento habitante de Nueva Inglaterra que vive en Mount Carboni, lugar imaginario que recuerda a Anticoli; un buen día, ve por casualidad a una pareja copulando en el bosque y luego es incapaz de escribir nada que no sea pornografía; baladas inmundas ("The fart that saved Athens", "El pedo que salvó Atenas"), coplillas picantes o, simplemente, la palabra "joder" repetida hasta la saciedad. Para Bascomb, esto representa una profunda enfermedad del alma. Al igual que su creador, suele asociar la (obscenidad a la autodestrucción, un asunto de particular urgencia, pues otros cuatro poetas "con los que Bascomb componía una especie de grupo literario" ya han cometido suicidio ("pero Bascomb, a su manera tozuda y campesina, estaba decidido a romper o ignorar ese nexo, derrocar a Marsyas y Orfeo"). En un determinado momento, el anciano se ve vagamente tentado por los encantos de un chapero repulsivo que parece "angélico, armado con una espada flamígera capaz de conquistar la banalidad y romper el vidrio de la costumbre", pero en vez de sucumbir a una corrupción tan definitiva, el hombre peregrina para ver al sagrado ángel de Monte Giordano, a quien le reza: "Dios bendiga a Walt Whitman, Dios bendiga a Hart Crane, Dios bendiga a Dylan Thomas. Dios bendiga a William Faulkner, a Scott Fitzgerald y, especialmente, a Ernest Hemingway". Tras invocar a sus ídolos de la literatura -hombres cuyas imaginativas labores les habían llevado a la más dolorosa alienación y, en algunos casos, al suicidio-, Bascomb completa su purificación quedándose de pie bajo una cascada helada, como había hecho su padre antes que él, y luego vuelve a casa para escribir "un extenso poema sobre la dignidad inalienable de la luz y el aire que... impregnarían sus últimos meses de vida".


     "Another story" aparecería en el New Yorker del 25 de febrero de 1967, al cabo de más de dos años y medio del anterior relato de Cheever publicado en la revista. Un motivo para tan larga ausencia era, simplemente, que escribía menos historias, aunque también hay que tener en cuenta que temía el posible rechazo ahora que Maxwell lo había descrito despectivamente como "un desastre alcohólico, insensato y malévolo". Pero como los ingresos de la película El nadador seguían en el aire, Cheever, a regañadientes -y sin tenerlas todas consigo- le envió a Maxwell el magistral primer capítulo de Bullet Park ("Ahora píntame una pequeña estación de ferrocarril..."): "Pienso que a Bill le gustará", escribió en su diario. "Creo que luego se sentirá muy triste y que, para salir del paso, insinuará que he perdido el talento y la chaveta". Cuando Maxwell, efectivamente, alabó y publicó el texto, Cheever no se quedó del todo satisfecho ("Era más feliz que un paria"). Para entonces, estaba que trinaba con el éxito de Donald Barthelme y otros escritores parecidos, cuyos relatos empezaron a dominar las páginas de la revista a finales de los sesenta, época en que el surrealismo y el humor estaban en boga; ese tipo de ficción, en otras palabras, que había incomodado a los editores unos años atrás cuando Cheever abordó esos temas de forma menos evidente. "Me desconcierta lo romo que es Barthelme", le escribió a Maxwell en 1969. "Siempre se puede empezar así: el señor Frobisher, al regresar de un año en Europa, abrió el baúl para el agente de aduanas y encontró en su interior, en vez de ropa y souvenirs, el cuerpo desnudo y mutilado de un marinero italiano. Vaya por Dios. Es como el último acto de un vodevil, pero me recuerda a lo que yo hacía hace quince años". En privado, se refería a Barthelme como "el surrealista favorito de Shawn", y en momentos de especial (y cada vez más frecuente) amargura, despotricaba de la revista por publicar a tantos "imitadores" suyos mientras pasaban de él, como si se tratara de una muy deliberada mala intención: ¡Con lo que he hecho por ellos y mira cómo me tratan!


     No era simple petulancia por parte de Cheever, sino una ofensa estética con fundamento. Dejando aparte la evolución del gusto de The New Yorker, le preocupaba profundamente esa moda "catastrófica" de la experimentación post-moderna, que cada vez se le antojaba más indignante. En años posteriores, lamentaría la incoherencia de novelas tan celebradas como JR, de Gaddis ("no llega ni a basura"), así como "el sentido perdido de la literatura como voz que apela a la sensibilidad común". En cuanto a toda la cháchara sobre "la muerte de la novela", consideraba que era un asunto "para dejárselo a los pelmazos": "Que las complejidades de la vida contemporánea han superado a la novela es algo que solo puede afirmar quien nada sepa de la historia de la novela y su dependencia de los cambios", escribió furioso a The New York Review of Books. "Yo no creo que la novela haya sido superada por las complejidades de la vida moderna, sino que la novela es la única forma artística que tenemos que se haya acercado al control de esa tormenta". Puede que el principal sujeto ofensivo, a ojos de Cheever, fuese John Barth, cuyas obras llenas de ramificaciones se erigían en torno a banales trucos meta- literarios ("Ese tipo de pirandellismo que todo el mundo utiliza en todas partes"), a los que había recurrido él mismo, aunque de manera esporádica, casi desde el principio de su carrera (véase, "Of love: a testimony", de 1935). A Cheever le gustaba hablar de aquella ocasión en la que Jean Stafford y él habían coincidido en una fiesta con Barth: "Haciendo un aparte conmigo, pero sin alejarse lo suficiente para que Barth no pudiera oírla, Jean me dijo: John, tu reputación en la literatura norteamericana es muy, muy precaria. Sabe Dios lo que será de ella, pero si le clavas un cuchillo en la espalda, serás inmortal".


     Aunque se oponía a la experimentación por sí misma, Cheever también era un innovador capaz de aplaudir cualquier tono que hiciera alguna contribución útil a lo que él consideraba literatura; es decir, un intento de darle sentido a la vida. Le encantaba Los ejércitos de la noche [The armies of the night], la incursión de Mailer en la llamada novela de no ficción en la que el autor aparece, de manera poco gloriosa, como un personaje en tercera persona que participa en la Marcha hacia el Pentágono de 1967. Una obra así certificaba lo absurdo de la supuesta obsolescencia de la novela, y además se leía con muchísimo agrado. "Mailer es tan duro, descarado y brillante que me parece la figura más alegre de la escena literaria", le escribió Cheever a Litvinov. "Aunque también puede ser una bestia, un pelmazo, un cerdo y un bluf, pero no en este libro". Incluso la "fétida" insistencia de Mailer en los más crudos detalles sexuales se le estaba haciendo mucho más soportable: a fin de cuentas, The world of apples había sido su obra más explícita hasta el momento, aunque incluso en ese relato escribía "j...r" en vez de la palabra completa y hablaba de "espadas flamígeras" en vez de penes y demás asuntos tan socorridos en la obra de algunos de sus contemporáneos. Updike, sin ir más lejos, había demostrado que hablar con franqueza del sexo podía ser arte del bueno, así como un gran negocio: "La nueva novela de John ("Couples", "Parejas") le ha hecho millonario", comentaba Cheever con cierta tristeza en 1968. "Resulta obsesivamente venérea, pero las descripciones de mujeres desnudas son espléndidas".»

 

[1] Era tal el desdén que sentía Cheever hacia ese texto que no lo incluyó en su siguiente libro de cuentos, The world of apples (El mundo de las manzanas), volumen de escasa extensión en el que habría cabido perfectamente. El hecho de que no se opusiera a su posterior inclusión en The stories of John Cheever puede deberse a su confianza en el criterio del editor Robert Gottlieb.

 

 

(Imagen tomada del artículo "How Cheever Really Felt About Living in Suburbia", publicado en The New York Times)

 

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Traducción sin revisar del fragmento de la biografía Cheever: A Life [Cheever: una vida], de Blake Bailey, que Duomo ediciones publicará en septiembre de 2010.


Cheever. A Life. Blake Bailey.

Capítulo 28, pp. 384 - 386.

Knopf.

Nueva York, 2009.

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Publicado en Blake Bailey, Cheever. Una vida, Novedad el 26 de abril de 2010 a las 10:45.

“Es el momento de los autores españoles”. Entrevista a la editora Valerie Miles en la revista Yo Dona

Recientemente en la sección de libros de la revista Yo Dona apareció una entrevista de Álvaro Colomer a la editora Valerie Miles, de Duomo ediciones, titulada "Es el momento de los autores españoles".

 

Después de que Colomer hace un breve repaso de su trayectoria como editora, Valerie se refiere a lo que desde el punto de vista profesional ha significado para ella su paso por los más grandes grupos editoriales de España, expone el espíritu de Duomo ediciones, explica el origen de los nombres de sus colecciones y presenta las distintas líneas de su catálogo: narrativa de calidad, divulgación, biografía y memorias.

 

 

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Publicado en Duomo ediciones, Valerie Miles, Entrevista el 28 de enero de 2010 a las 09:00.

Nace Duomo Ediciones

El Grupo editorial Mauri Spagnol desembarca en España

  Se funda en España Duomo Ediciones, la primera editorial de Mauri Spagnol fuera de Italia. Tercero por facturación en su país, el grupo editorial está integrado por diez sellos: Longanesi, Garzanti, Salani, Guanda, Chiarelettere, Corbaccio, Ponte alle Grazie, Nord, Vallardi y TEA, relanzados o fundados a lo largo de veintiocho años de actividad.  

Duomo
tiene una vocación cosmopolita y se concentra en la búsqueda y publicación de novelas y ensayo, traducidos al español, de los escritores de mayor relevancia de todas las lenguas. Los libros de Duomo se dirigen a un amplio público, a lectores de todas las edades. Por medio de las nuevas tecnologías y de una edición esmerada, Duomo pretende persuadir a un público lector amplio de la selección y calidad de la editorial.  

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Publicado en Duomo, Mauri Spagnol, España, fundación el 25 de mayo de 2009 a las 12:15.

Tres Tristes Tigres