Azar Nafisi y las cosas que ha callado

17 Febrero, 2010 por Granta Sin comentarios »

“Cosa de hombres”, el número 10 de Granta en español, incluye un fragmento de Cosas que he callado, el libro de Azar Nafisi que Duomo ediciones acaba de publicar en España.

Cosas que he callado es una memoria personal en la que Azar compone un catártico retrato de una familia excepcional y, a la vez, universal. Empezando por su difícil infancia, su primer matrimonio fallido, sus encontronazos con la injusticia y el despertar de su activismo político en la República Islámica de Irán, analiza los acontecimientos y las personalidades que la llevaron a ser una mujer valiente, comprometida e insubordinada. Desde su domicilio estadounidense, Azar reflexiona sobre el poder de los silencios y chantajes sobre los que se sustentan todas las dictaduras y algunas familias, como el más perfecto de los sistemas totalitarios.

Después de instruirnos sobre lo que significaba a principios de los años ochenta organizar un “club de lectura” en su casa iraní y leer con sus alumnas novelas tan “escandalosas” (y prohibidas por el régimen de los ayatolás) como Lolita de Nabokov o El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, Azar nos cuenta ahora lo que significa nacer y crecer en Teherán. Lo que comporta ser la hija dolescente de uno de los hombres más prometedores de la política de su país, soportar injurias, ejecuciones y encarcelaciones injustificadas… Sin poder en ese momento llegar a entender plenamente el significado de los hechos que la rodeaban.

Azar Nafisi nació en Teherán. A los trece años abandonó su país para estudiar en Europa y en Estados Unidos. En 1979, año de la revolución del ayatolá Jomeini, regresó a Irán para trabajar en la Universidad de Teherán, de la cual fue expulsada en 1981.

COSAS_QUE_HE_CALLADO

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Hoy quisiéramos compartir con vosotros el siguiente fragmento del extracto de Cosas que he callado aparecido en “Cosa de hombres”.

«Tengo seis años cuando Haji Agha Ghassem nos visita en Teherán por primera vez. Me sigue con la mirada por toda la casa. Le ruego perdone mi insolencia, dice a mi madre de forma educada y cautelosa, pero la considero como a una hermana. Mi madre sonríe amablemente al tiempo que le acerca una taza de café turco. Esta niña, dice volviéndose hacia mí, está en una edad peligrosa y muchos no son como nosotros, hombres temerosos de Dios. Veo que tiene criados y quizá esta niña, dice, debería cubrirse con una ropa más recatada.

Mi madre se muestra visiblemente sorprendida. De haber sido cualquier otra persona, no habría tolerado esa conducta, pero le dice a Haji Agha que no se preocupe, que no tenga duda de que lo primero que me enseñó fue cómo protegerme (”Ten cuidado con los extraños. No dejes que te toquen. Nunca”). Mis padres muestran su mejor comportamiento. Mi padre, como anfitrión, mantiene una actitud educada salpicada por alguna mirada sardónica ocasional mientras Haji Agha hace sus declaraciones sin inmutarse. Mi madre se muestra sorprendentemente dócil. “Me gusta la gente que es honrada consigo misma”, le dice a mi padre aquella noche durante “Me gustaría que todo el mundo fuera así de firme en sus creencias”. Confunde la inflexibilidad con la fortaleza y el celo con los principios. Ni siquiera Abu Torab, profundamente religioso pero con una actitud científica, consigue su plena aprobación.

Permanece de pie detrás de mí mientras yo intento hacer los deberes y se agacha para mirar mi cuaderno. “¿Qué escribes?” me pregunta, y al alargar el brazo y tomar el libro me arregla la falda mientras sus manos rozan mis muslos de pasada.

Esa noche mis padres van a una fiesta. Haji Agha se va temprano a su habitación. Mi hermano, de un año, duerme en el cuarto de Naneh y yo, como de costumbre cuando mis padres salen, duermo en su cama. desarrollé esa rutina después de que naciera mi hermano. Él siempre dormía en el cuarto de Naneh cuando salían y yo me sentía sola y desplazada. De algún modo, dormir en la habitación de mis padres y que me llevaran a la mía a su regreso me daba sensación de seguridad. Me gustaba su espaciosa cama y disfrutaba estirando mis piernas desnudas por las sábanas frías.

Me despierta el sonido de una respiración irregular a mi lado. Alguien me abraza suavemente por detrás, tocándome por debajo de la cintura. Un suave pijama acaricia mis piernas desnudas. Más que el tacto del pijama, me asusta la respiración, que parece ganar fuerza, y los jadeos que la acompañan mientras me aprieta con más ímpetu. Intento quedarme inmóvil, casi aguantando la respiración, y cierro los ojos con fuerza. Quizá se vaya si los dejo cerrados y me quedo quieta. No estoy segura de cuánto tiempo se abraza a mí, pero no me muevo y de repente se levanta. Puedo oírle caminando quedamente durante un rato como si estuviera dando vueltas sobre la gruesa alfombra, y después sale de la habitación. Ni siquiera entonces abro los ojos por miedo a hacerlo aparecer de nuevo.

Desde esa noche no puedo dormir sola en la oscuridad. Mis padres piensan que intento llamar la atención y se aseguran de que la luz de mi habitación se apaga por la noche. Duermo mal. Él se queda en nuestra casa una noche más. No puedo contárselo a mis padres pero intento esquivarlo. Cuando me pregunta si tengo más deberes, finjo no oírlo. Cuando llega el momento de su marcha, mi madre me llama para que me despida de él pero yo me encierro en el lavabo. Me regaña por mi mala educación. ¿Qué te he enseñado? pregunta irritada. Haji Agha Ghassem es un hombre muy agradable. Me pidió que te despidiera de él. Dijo que eres una niña inteligente.

Después de aquello, volvió a nuestra casa en dos ocasiones. Siempre intenté esquivarlo, incluso cuando había otras personas en la sala. Lo que me parece increíble es que nunca reconociera sus acciones con una mirada o un gesto. Siempre mostraba la misma expresión amable y distante. En una ocasión me pilló por sorpresa. Yo estaba en mi escondite habitual al fondo del jardín junto a un arroyo. Me fascinaban las pequeñas flores silvestres que crecían a la orilla del riachuelo. Aquel día estaba ocupada con uno de mis pasatiempos favoritos: recoger piedrecitas y verlas cambiar de color al meterlas en el agua. Se acercó sin hacer ruido y se agachó tras de mí, diciendo en voz baja, “¿Qué haces? ¿no deberías estar estudiando?” me sobresalté e hice ademán de ponerme en pie, pero él me sostuvo por la cintura, alargando las manos para tocar las piedrecitas, “¡Qué bonitas!”, dijo mientras sus manos acariciaban mis piernas desnudas. Cuando por fin me puse en pie, él se levantó conmigo mientras seguía manoseándome con gestos demasiado dolorosos para que los describa incluso ahora. Al principio pensé, me inventaré un personaje imaginario a quien ocurrió eso que no sea yo. Pero el juego que mi padre y yo habíamos creado no era lo suficientemente poderoso para una historia como aquella. La vergüenza no desaparecería. Más adelante supe que no es inusual que la víctima se sienta culpable, sobre todo porque se vuelve cómplice por su silencio. Y además existe la culpabilidad adicional de sentir cierta sensación de placer sexual a partir de un acto impuesto que se percibe como reprobable.»

MANUSCRITO_AZAR_NAFISI

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Azar Nafisi visitará España la próxima semana con motivo del lanzamiento de Cosas que he callado, así que si tenéis la ocasión de ir a verla os recomendamos hacerlo. A continuación os damos el lugar, la fecha y la hora de sus intervenciones en Barcelona y Madrid:

Lunes 22 de febrero

19:30h. Conferencia en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) dentro del ciclo “Pensar el futur”

(C/ Montealegre 5)

Miércoles 24 de febrero

19:00h. Conferencia en la Biblioteca Nacional dentro de Ciclo “Tramas americanas: encuentro con autores americanos en la BNE”

(Paseo de Recoletos, 20)

“Zombi”, de Pablo Biffi: una crónica sobre Haití

1 Febrero, 2010 por Granta Sin comentarios »

Durante las últimas semanas los ojos de todo el mundo han fijado su atención en Haití debido a una desafortunada razón: el seísmo que el pasado 12 de enero sacudió Puerto Príncipe cobrándose la vida de decenas de miles de personas, destruyendo la ciudad y sembrando el caos en ella.

 

Hoy quisiéramos compartir con vosotros “Zombi”, una crónica de Pablo Biffi publicada en el número 2 de Granta en Español en la que el periodista argentino relata distintos aspectos de la crítica y extrema situación de violencia que se vive en Haití y que ha marcado su existencia desde hace más de dos siglos.

 

Así empieza “Zombi”:

 

«La violencia, y más aún la violencia política, no es en Haití patrimonio de estos años. Toda su historia está atravesada por la muerte, desde los tiempos remotos cuando los esclavos negros, de la mano de Toussaint Louverture, lograron el fin de la esclavitud, en 1794. O diez años después, bajo la dirección de Jean Jacques Dessalines, cuando la independencia de Francia se abrió paso a punta de machete, pólvora y palos, envuelta en un deseo de venganza contra los blancos.»

 

Más adelante Pablo Biffi explica en los siguientes términos en qué consiste la zombificación en Haití y el  significado de ésta:

 

«Haití es un zombi y adora a un solo dios, Bondye, y a toda una galería de “seres espiriturales” —los loas— como Erzuli, la diosa del amor, o Agw, el soberano de los mares que —dicen— ejerce una gran influencia en la política. La zombificación es una pena capital, una condena infamante del vudú. Y el zombi no es otra cosa que una persona a la que le han arrebatado el ti bon ange (”la conciencia en el mundo occidental y cristiano) como castigo: una justicia a la haitiana, ilegal pero legítima. El vudú ha ejercido una influencia tan poderosa en la vida política del país que la mayoría de sus presidentes y dictadores fueron houngan (sacerdotes) y miembros de las llamadas Sociedades Secretas, instituciones políticas y judiciales encargadas de imponer las penas. Y tan legítima que el año pasado el Estado debió legalizar su práctica.»

 

Al explorar distintos rasgos de la dinámica cultural y política de Haití, “Zombi” aporta una gran variedad de elementos para entender mejor su pasado y su presente en un momento en el que cualquier referencia con respecto a este país es una alusión directa a la destrucción, a la muerte y a la violencia.

 

Si os interesa leer la crónica completa, podéis descargar el archivo con todo el texto apretando aquí.

A propósito de “Venezuela: atrás en el tiempo y en el espacio”: un cruce de cartas entre los escritores Irene Zoe Alameda y Roberto Echeto

28 Diciembre, 2009 por Granta 1 comentario »

En Cosa de hombres, el número 10 de Granta en español, publicamos el texto “Venezuela: atrás en el tiempo y en el espacio”, de la escritora española Irene Zoe Alameda. Tras leer este texto el escritor venezolano Roberto Echeto le envió a Irene vía correo electrónico un mensaje en el que expresaba su voz de protesta con respecto no sólo a algunas de las cosas que plantea en él, sino también a la manera como lo hace.

A continuación os presentamos tanto el mensaje de Roberto Echeto como la respuesta que Irene le envió a éste. El pasado 21 de noviembre Echeto le escribió a Irene lo siguiente:

«Irene, te escribo para expresarte mi disgusto por el artículo que publicaste en la revista Granta.

Quizás tengas razón en muchas de las cosas que dices, pero la manera cómo expresaste el descontento que te produjo mi país es, francamente, deplorable.

Venezuela es un país atrasado y lleno de problemas de todo calibre. Sin embargo, eso no le da derecho a nadie a degradar en público un país que no es el suyo. Es una falta de delicadeza y de humanidad. Lamento que, siendo una funcionaria pública que representa a España doquiera que va, te expreses de una manera que deja entrever un aire xenófobo y racista.

Mi país produce infinitas molestias en propios y ajenos, pero no merece ese trato denigrante que le brindaste y menos en una publicación internacional como Granta. Si tu intención era vengarte de las molestias que sufriste, lo lograste, pero en nada contribuirás a crear un clima de diálogo que ayude a las venezolanas y venezolanos a tomar conciencia de sus limitaciones para que cosas como las que te pasaron, no se repitan.

Me despido diciéndote que elevaremos esta queja lo más que podamos para que mucha gente se entere en el mundo de que en el servicio diplomático de tu país también hay gente mediocre y carente de tacto y de la más mínima educación.

Roberto Echeto.»

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La siguiente es la respuesta que le envió Irene a Roberto Echeto tres días después:

«Estimado Señor Echeto:

Le escribo en contestación a la carta que me ha hecho llegar a través de la dirección de información general de la página web registrada a mi nombre como autora, a saber: www.irenezoealameda.com

En primer lugar, quiero expresarle mis más sinceras disculpas por el malentendido que ha ocasionado el reportaje de ficción que envié en el mes de julio a la revista Granta, y que salió publicado en el número de octubre. Este falso reportaje pertenece a una serie de relatos de viaje narrados desde una evidente voz ficcional con un punto de vista peculiar y extrañado. Esta serie, que se inició en el 2007 con la publicación de un reportaje sobre Zimbabwe publicado por el diario El País, continúa en la actualidad y en breve serán publicados otros tres: uno sobre Senegal, otro sobre los EE.UU. (centrado en Washington DC) y otro sobre Suecia.

Tal y como queda establecido en las reglas implícitas de todo texto literario, la voz del texto publicado en Granta es una voz narrativa que de ningún modo coincide plenamente con la voz de la autora.

Una identificación plena, del tipo autora-narradora, se da en las crónicas periodísticas, y de ahí que los reportajes periodísticos carezcan de un personaje relator; en una crónica periodística, lo que se dice está contado directamente por un emisor que coincide con la persona que firma el texto. En mi falso reportaje, por el contrario, se incide una y otra vez en que la protagonista es “La escritora” (en el de Zimbabwe era “La turista”). Si mi texto fuese un reportaje periodístico, éste se tendría que haber atenido a la convención:

Yo-periodista / contenido-realidad

pero el uso insistente y consciente en el texto del recurso de “La escritora” anula cualquier lectura literal del contenido.

En el extraño Road Trip que publiqué en Granta hay más elementos textuales que ponen de relieve el juego que se traza entre realidad y ficción: 1) la insistencia que el texto hace en un punto de vista que denota una relación extrañadora (casi Asperger) de la voz narrativa con el mundo. 2) Asimismo hay demasiado humor en el texto como para que ningún lector se permita atribuirlo a una voz fidedigna, periodística y personal (no ficcional) sin sospechar que está errando en su modelo de lectura. 3) Por último, en muchas ocasiones se refieren frases poco halagadoras sobre situaciones concretas (hilarantes) acaecidas en Venezuela, y siempre se hace a través de personajes claramente arquetípicos o muy simplificados e incluso surrealistas (demasiado como para ser representaciones de personas reales). Dado que esas frases las pronuncian personajes de ficción, que lo son por derecho propio, sería miope atribuírmelos a mí (Irene Zoe Alameda, ser humano de carne y hueso) de forma literal: yo soy una escritora, y los escritores, a través de nuestros textos literarios, nunca escribimos de forma literal, sino literaria.

Paradójicamente, a la vista de las reacciones que el personaje de “La escritora” está levantando (la suya, Señor Echeto, es sólo una de las cartas que he recibido con respecto a ella), para la mayoría de los lectores mi personaje se queda corto y podría ser muuuucho más ácido y crítico; mientras que para algunos se excede en lo descortés. Como escritora, permanezco atenta a estas reacciones dispares.

Sin ir más lejos, Enrique Vila-Matas, el autor a quien la Universidad de los Andes otorgó el Doctorado Honoris Causa durante mi estancia en la Bienal, ha sido uno de los escritores que más ha incidido en el juego de falsa autoría a través de toda su labor literaria. No sólo ha citado supuestas obras suyas que no existen, y ha jugado numerosas veces con la supuesta identidad de un Vila Matas capaz de las mayores excentricidades y hazañas inenarrables, sino que en su discurso de aceptación del Doctorado leyó un texto de un supuesto escritor, llamado Enrique Vila Matas, que denostaba sin piedad la mala educación y la imparable decadencia de los franceses y de los europeos en general.

… Me pregunto por qué ningún francés (que los había) se levantó en el Paraninfo de la Universidad de los Andes, para exigir disculpas por vía diplomática al excelente Enrique Vila Matas de carne y hueso que leía, muy nervioso, su osado texto literario.

Le confieso que estoy triste por el malestar grave que la lectura de mi relato le ha producido, Señor Echeto. Al mismo tiempo, estoy aliviada de que el Señor Mugabe, presidente de Zimbabwe no me enviara en 2007 a ninguno de sus colaboradores para amenazarme, y sinceramente espero que ni el presidente Wade, de Senegal, ni Obama, de EE.UU., ni John Fredrik Reinfeldt de Suecia me declaren persona non grata en sus respectivos países una vez salgan publicados mis siguientes reportajes.

Para que entienda que Venezuela no ha sido el primero de los países sobre los que “La escritora” o “La turista” ha escrito, le invito a leer el falso reportaje sobre Zimbabwe publicado por el diario El País (http://www.irenezoealameda.com/pdf/elpais_0107.pdf).

Soy de la opinión de que para realizar publireportajes halagüeños sobre los países están las oficinas de Turismo, los malos periodistas y también los políticos. Los escritores tenemos una muy distinta función, y con gusto la asumo: observamos, captamos las inconsistencias borrosas que agrietan la realidad, y construimos una re-presentación estética en miniatura en la que cada lector sentirá el rasguño de la pequeña parcela de implicación que le produce su correspondiente grieta de la realidad.

Por lo que a mí respecta, y esto es lo que probablemente me cause más desasosiego con respecto al tema que nos ocupa, yo tengo una relación personal muy entrañable con su país. Tal vez tuvo la ocasión de leer el cuentecito que me publicó El Papel Literario de El Nacional el 4 de julio de 2009. Por si no lo llegó a ver, le refiero al pdf que tengo colgado en http://www.irenezoealameda.com/nueva/escritura/pdf/relato_lit_04-07-09.pdf. Aunque el juego que desarrolla este cuento es, como no podía ser de otro modo, literario, la materia prima del asunto es biográfica, y es que en efecto mi abuelo emigró en su juventud a Venezuela y en Caracas pasó prácticamente toda su vida. Yo he vivido en Venezuela, soy nieta de venezolano, y a Venezuela viajé gustosa a participar en la prestigiosa Bienal Mariano Picón Salas, donde pasé unas jornadas literarias muy enriquecedoras.

Fue en esos días de Mérida donde concedí una entrevista a dos extraordinarias periodistas de El Papel Literario, y en esa entrevista es donde se puede leer todo lo que yo, desde mi voz literal de persona biográfica, pienso sobre su país. Esa entrevista fue publicada el día 3-10-2009 (la encontrará en http://www.irenezoealameda.com/nueva/prensa/docs/Lit_03-10-09.pdf), y no creo que haya en ella nada ofensivo ni desde el punto de vista de la política, ni de la cortesía.

También le adjunto esta entrevista, que constituye el único testimonio directamente atribuible a mí como Irene Zoe Alameda.

Es evidente que usted se ha sentido muy ofendido por las palabras del texto de Granta, y eso, insisto, me produce pesar. Tanto pesar que no sé cómo disculparme. No obstante, no se me escapa el tono intimidatorio de su misiva cuando alude a mi condición de directora de un Instituto Cervantes. Así que me detendré en este punto para hacerle algunas aclaraciones.

Como usted debe saber, yo fui invitada a la Bienal Mariano Picón Salas en calidad de escritora, y no como directora del IC de Estocolmo. También desde mi condición de escritora escribí mi reportaje (solicitado de antemano por la revista Granta, solicitud en la que se me confirmó la conveniencia de que retomara al personaje ficticio que ya había usado en el reportaje de Zimbabwe). De hecho, cuando escribí y remití mi reportaje a Granta no había sido nombrada todavía directora del IC de Estocolmo. Es por tanto, poco cabal, atribuir las palabras de un texto literario a una Institución pública.

Me permito traer a colación que, desde hace varios años escribo con regularidad artículos de opinión en El País, algunos bastante polémicos. Pues bien: en ningún momento se me pidió desde el CSIC (del que he sido investigadora durante tres años), ni desde la Universidad Carlos III (en la que he impartido clases como profesora) que silenciara mi voz como articulista de opinión. Ni siquiera siendo articulista se ha confundido mi labor como miembro de la comunidad académica, con mi labor como escritora.

Le invito a ver este enlace, en el que podrá comprobar qué tipo de declaraciones hago yo públicamente como directora del IC de Estocolmo:

http://www.dailymotion.com/video/xahvjo_la-historia-no-es-mas-que-cosas-peq_creation

Me produce estupor el daño que las palabras ficticias que ha publicado la revista Granta le han causado. Más estupor aún, si cabe, porque inevitablemente mi imaginación establece analogías y me hace recordar (aunque el decoro insiste en que no recuerde esto, al menos no aquí por escrito) el bochornoso juicio contra Proust; el suplicio que aún vive Salman Rushdie a partir de la publicación de Versos satánicos; el exilio que desubica a Orhan Pamuk en suelo norteamericano porque mencionó el genocidio armenio ejecutado por el pueblo turco… El pavor en el que vive el periodista danés Flemming Rose, después de haber dibujado las tristemente famosas caricaturas de Mahoma.

A los creadores nadie nos ha enseñado a refrenar nuestra imaginación, y al cabo terminamos escribiendo lo que escribimos. Aunque nos cause daño causar involuntariamente dolor a otros.

Tal vez el límite que habría que imponer a la creatividad fuera, como usted deja sugerir en su breve carta, que los autores no criticaran más que a su propio país. De este modo, cada autor se centraría en escribir sobre su país y se abstendría de mencionar (salvo para loarlos) países ajenos. Tal vez ese podría ser un límite impuesto a la creatividad, un límite político y diplomático…

A este respecto, le haré una confidencia: ya he sido extraordinariamente crítica con España y con Europa. Me permito invitarle a ver mi última obra audiovisual, BUEN VIAJE, que sólo le tomará 15 minutos de su tiempo:

En la página de mi productora: http://www.storylinesprojects.com/buen_viaje/

Debe introducir los siguientes códigos:

Usuario: pi9131

Contraseña: u1LVe6Py

Normalmente el visionado es previo pago, pero yo le invito a ver el corto para que pueda comprobar lo que le digo sobre mi acerba crítica a la ley de inmigración vigente en España.

Después de haber dedicado muchos años de mi vida a hacer posible este cortometraje para contribuir al debate sobre el problema de la inmigración, créame que ha sido duro leer los insultos en los que usted me llama xenófoba y racista. Jamás, JAMÁS, he recibido como ser humano un trato más injusto.

En cualquier caso, del mismo modo que no es obligado escribir bajo unas convenciones u otras, porque existe la libertad de expresión, tampoco es obligado leer con un manual de Teoría Literaria en la mano. Hay muchos lectores, o espectadores, a los que no les gustan determinadas obras porque son “innecesariamente polémicas”. Nadie tiene por qué saber escribir al gusto de todos, como tampoco nadie tiene por qué leer bien la literatura. Lo que yo escribo no le tiene que gustar a usted, y es posible que, cuando yo escribo, no tenga en mente a un lector ideal remotamente parecido a usted. Lo cual no es ni bueno ni malo.

Dicho todo esto, con respecto a su intención de “elevar” su queja a las más altas instancias posibles, debe usted actuar de acuerdo con su conciencia, que es como todo ser humano debe actuar; es como yo hago en mi calidad de escritora, en mi calidad de directora del IC de Estocolmo, y desde luego en mi calidad de mujer que se toma la molestia, y el tiempo, de contestarle a usted, que tanto me ha faltado al respeto desde su carta.

Sin otro particular, me despido,

Irene Zoe Alameda, escritora y cineasta.»

Gracias a Roberto Echeto por manifestar su punto de vista con respecto al texto de Irene y a ésta por responder tan oportuna y atentamente a su mensaje.

Podéis leer un fragmento de “Venezuela: atrás en el tiempo y en el espacio” aquí. El texto completo lo encontraréis en “Cosa de hombres”, el número 10 de Granta en español.

“Saharauis”, por Xan Rice

15 Diciembre, 2009 por Granta Sin comentarios »

[…] Marqué el número de Aminatou Haidar, una mujer de cuarenta y un años que ha llegado a simbolizar la lucha no violenta por los derechos de los saharauis. Acordó reunirse conmigo la tarde siguiente.

Lloviznaba cuando recorrí el Boulevard de Mekka, la calle principal del centro de la ciudad. Había restaurantes donde vendían pollos asados, bancos, tiendas de ropa y cafés donde se sentaban los hombres en sillas de mimbre o de acero bruñido. Los vendedores ambulantes ofrecían cigarrillos Marlboro y American Legend de contrabando. En todas las manzanas ondeaban banderas marroquíes. p. 40

[…] Al día siguiente por la tarde, se detuvo cerca del hotel un viejo Renault 9 de color negro. Una mujer de gafas de sol marrones se inclinó para abrir la puerta del pasajero. Aminatou Haidar. Durante diez minutos circuló con cuidado en medio del tráfico, hasta que desembocó en la calle principal y aparcó delante de un bloque de viviendas de una bocacalle, donde un amigo tenía un piso. «Mi casa siempre está vigilada, por eso es mejor quedar aquí», dijo.

Nada más entrar, le sonó el móvil. Era Latif Allal, profesor de inglés y miembro de la junta directiva del Colectivo de Defensores de los Derechos Humanos de los Saharauis, o Codesa, organización ilegal presidida por Haidar. Venía de camino para intervenir como intérprete en nuestra conversación, cuando lo detuvo un guardia. «Vamos», dijo Haidar, mientras sujetaba el bolso. Condujo de nuevo hasta la concurrida calle principal y enseguida divisó el coche de Allal, que intentaba convencer al guardia de tráfico de que no había excedido el límite de velocidad. Yo me hundí en el asiento del pasajero mientras Haidar se les acercaba. Menuda escena; una mujer diminuta envuelta en una melehfa de rayas verdes y amarillas sobre un grueso jersey de color lima y calcetines a juego, enfrentándose a un bigotudo guardia marroquí de alta estatura, con botas lustradas y una pistolera blanca en la cadera. Discutieron algunos minutos y después ella volvió al coche. El policía había confiscado a Allal el carné de conducir. «Siempre lo mismo, intimidación, provocación», comentó furiosa, mientras volvíamos al piso donde nos íbamos a reunir. En un enorme salón, con sofás largos y chatos apoyados contra tres paredes, una mujer preparaba té en una cocina pequeña de carbón. Haidar se quitó los zapatos y se acurrucó en el suelo con las piernas cruzadas. Me contó su historia.

Nació en El Aaiún en 1967. Nueve años después, presenció la desintegración del clan familiar cuando entraron las tropas marroquíes en la ciudad. Varios parientes tanto paternos como maternos huyeron a los campamentos del Frente Polisario en Argelia; la construcción del Muro de Hasán selló muy pronto la separación. Entretanto, centenares de saharauis que abogaban por la independencia fueron recluidos en cárceles clandestinas de Marruecos. Poco después, el tío de Haidar fue uno de los Desaparecidos. «Mi madre lloraba pensando en su hermano. Ese hermano tenía seis hijas, que soportaban una terrible tensión. De ese modo, comprendí que había una terrible injusticia.» En noviembre de 1987, mientras estudiaba bachillerato de ciencias, Haidar participó en la organización secreta de una manifestación independentista que iba a coincidir con una misión de investigación de la ONU en el Sáhara Occidental. A las 3:30 de la mañana, antes de la hora en que estaba previsto el aterrizaje de la comisión de la ONU, un grupo de policías de paisano llegó a la casa de los padres de Haidar. Todavía en pijama, la metieron en una furgoneta y le vendaron los ojos. Secuestraron al mismo tiempo a otros setenta saharauis jóvenes, a los que se conoce como «el Grupo de la Comisión». Haidar estuvo retenida durante dos días en un infame centro clandestino de detención de El Aaiún, llamado el Poste de Commandement: Companie Mobile d’Intervention, o PC.CMI. La sujetaron a un tablón, boca abajo, con las manos y los pies atados. Los oficiales le pegaban patadas y la abofeteaban, amenazaban con violarla y la torturaban con descargas eléctricas. Después la trasladaron a otro centro de detención clandestino llamado El Bir. La playa estaba cerca; oía y olía el mar. Durante una semana las mantuvieron hacinadas a ella y a otras dieciséis mujeres en una celda de dos por dos metros, aún con los ojos vendados, amordazadas y obligadas a permanecer de cara a la pared durante varias horas seguidas. Cuando la llevaron de vuelta al PC.CMI, siguió viviendo en la oscuridad.

«Intentábamos desplazar un poco la venda de los ojos para ver el suelo. Pero la policía nos ponía una luz delante de los ojos; si reaccionábamos, sabían que tenían que apretar la venda.» Al final les quitaron la venda. Era el año 1991. La desaparición de Haidar había durado tres años y siete meses.» p. 42-44

Traducción de Marta Pino

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* Lee el texto completo en “Cosa de hombres”, el número 10 de Granta en español

“Venezuela: atrás en el tiempo y en el espacio”, por Irene Zoe Alameda

9 Diciembre, 2009 por Granta 6 comentarios »

Para la vuelta de Venezuela, la escritora se había propuesto entregar su reportaje, largamente pospuesto, sobre Senegal. El año anterior había realizado un viaje por el país africano, y durante veintiún días de exploración recorrió el país a lo largo de la carretera transversal que une el interior con la costa, al tiempo que había ido anotando detalles, itinerarios y reflexiones con disciplina documental.

La inversión de tanta pulcritud no fue retribuida por el valioso impacto irreflexivo que suele dotar de sentido a los buenos viajes. Como todos los escritores, ella sabía que los verdaderos textos se gestan en el falso caos orquestado por la imaginación.

En el embarque del vuelo de Atlanta con destino a Caracas pensaba la escritora en ponerse a escribir sobre su ya lejano viaje a Senegal. Para alentarse, pensaba en el ballenero Melville, en el soldado Cervantes, en el marino Conrad, en el traficante Rimbaud; pensaba en la difícil negociación que se da en la personalidad de una escritora antes de que el mundo la reconozca como escritora; pensaba en que Coetzee había llamado en Elizabeth Costello «lo invisible» al autor que reclama su espacio omnímodo en la vida del artista; al personaje colonizado por lo invisible (la materia humana que lo sostiene) lo denominó «Secretaria/o de lo Invisible»; pensaba en que Millás, mucho más apasionado y menos teórico en los espacios dedicados a las simbolizaciones, había denominado «yo neurótico y sufriente» al autor que pugna por existir y emanciparse, y «asesino» a la persona normal, cuya máscara esconde al escritor.

Pronto se percató de que su compañero de fila en el avión intentaba que su mirada se cruzase con la de ella. Pero la escritora se afanaba en producir una idea sobre la que extender una inteligente red de asociaciones. «El yo Invisible procesa la misma realidad que las personas más realistas, pero la contrasta con una retícula imaginal en un ejercicio de traducción directa e inversa permanente que tiene forma de diálogo. La imaginación, como la describió Bajtin, es dialógica, y quienes escribimos sabemos lo costoso, desde un punto de vista psíquico, que es descubrir primero, asumir después y finalmente renegociar los términos en los que ese diálogo se va a instaurar de forma definitiva en nuestro carácter y en nuestra vida. Volviendo a Coetzee o a Millás, la consagración de la escritora tiene lugar cuando la asesina deja de reprimir a la Yo Neurótica Invisible para convertirse en su humilde Secretaria: cuando la Imaginación ha domesticado a la Realidad.»

Su compañero de fila terminó por iniciar su anhelada cháchara, y lo hizo preguntando a la escritora acerca de su nacionalidad y los motivos de su viaje a Venezuela. El trabajo conversacional de la escritora acabó pronto porque él, impaciente, dijo:

«Mi vida sí que es para escribir un libro. ¿La quieres escuchar?»

Y ella, cortés y desinteresada, asintió.

Y escuchándole se enteró de que aquel hombre se llamaba Rafael Ramírez y estrenaba su primer día de libertad después de haber cumplido dos años de sentencia, condenado por un delito de Blanqueo de Dinero.

Rafael le habló durante un par de horas de las timbas de póquer que había jugado en la prisión de McRae apostando Tuna Fish; del juez Middlebrooks, de los agentes federales que le ofrecían a los detenidos cambiar meses de cárcel por personas; de los condenados a «vida», cadena perpetua, y de cómo se podían acumular «vidas» como latas de Tuna (en McRae hay gente con siete vidas). Le contó cómo lloró cuando se enteró de que lo iban a liberar, porque había pasado dos años en gran medida gozosos: sin trabajar, sin atender a su esposa ni a sus hijos, sin dinero y con Tuna Fish en el armario, con televisión y cine, y libros, y póquer y amigos.

En dos momentos distintos le dijo dos frases memorables. La primera es la frase que pronuncian los asistentes del juzgado cuando se va a iniciar un juicio:

«Los Estados Unidos de América contra Rafael Ramírez»

La segunda bien valdría para dar título al capítulo de un libro:

«Tú sí te pareces a Dios»

que fue lo que exclamó Rafael al conocer a su abogado, tres días después de su detención.

Cuando el ex convicto se cansó de contar, la escritora se fijó en las personas que los rodeaban, y con poquísima perspicacia se enteró de que el deportado y ella compartían fila con Sergio Chejfec y con Miguel Gomes, los dos autores con quienes al día siguiente compartiría mesa redonda en la Bienal Literaria de Mérida, Venezuela. Pero la suerte de escuchar la historia de Rafael la tuvo sólo ella:

«The only reality highlights when you are out of place»

Fue lo que pensó, y en la inminencia de su aterrizaje en Caracas admitió ante sí que no iba a poder escribir su reportaje sobre Senegal.

Al contrario de lo que hizo en Senegal, la escritora se entregó a su viaje por Venezuela con una desidia creciente. No le gustó que le hicieran rellenar, con un grasiento bolígrafo, un formulario en el que juraba por su honor no estar infectada de Gripe A, ni tampoco que le hicieran prometer que durante su estancia en el país iba a cubrirse la boca para toser y a lavarse las manos con jabón, durante al menos veinte segundos, con frecuencia.

(En ninguna de sus visitas a los aseos públicos en los once días que duraría su viaje por Venezuela encontró la escritora jabón para lavarse las manos. tampoco papel higiénico.)

Tampoco le gustó que un oficial aeroportuario comprobara que la maleta que sacaba de la cinta de equipajes era efectivamente suya, ni que la abordaran docenas de carteristas y librecambistas al salir a la sala de llegadas.

Le pareció enormemente descortés que el señor que los esperaba, a ella, a Gomes y a Chejfec, les soltara un puñado de bolívares y los abandonara a toda prisa frente a una Posada para que descansaran durante las cinco horas que les sobraban hasta su próximo embarque. No descansó en la Posada, entre otras cosas porque estaba construida a pie de pista. Durante toda la noche despegaron y aterrizaron aviones que le hicieron revivir una pesadilla subconsciente que había heredado del 9/11 de 2001, cuando vivía en Nueva York.

Cuando por fin llegó a mediodía a su destino en Mérida se disgustó más. El saludo personalizado que le dedicó su admirado Vila-Matas se revelaría falso tres días después, pues ni él la reconocía, ni la había leído, ni sabía que ella había contribuido con un excelente artículo al monográfico sobre su obra editado por Arco-Libros, bajo los auspicios de la Universidad de Neuchâtel.

En la recepción del hotel dieron por supuesto que ella, por ser hembra, era la esposa de uno de los escritores que estaban registrando su llegada, y le dieron una segunda llave para acceder a la habitación de Chejfec. Eso la soliviantó. Se encaró tan mal al recepcionista que éste la castigó destinándole la última de las habitaciones del último de los corredores, colindante con las obras de una retroexcavadora que, desde ese punto hasta su huída de Mérida, no dejó de enviarle insectos y ruidos.

Mientras deshacía su equipaje para sacar un pijama y echarse un rato a descansar, un representante de la Bienal le informó por teléfono de que era la hora del almuerzo y luego, como distraídamente, se despidió:

«Hasta las 2, pues»

«A las dos… ¿por?»

«Porque a las 2 es su mesa redonda. ¡Ay! ¿No se lo han informado? ¡Qué mala pata! Su mesa redonda se ha tenido que adelantar de las 6 a las 2 por motivos de organización.» (…) *

***

* Lee el texto completo en “Cosa de hombres”, el número 10 de Granta en español

Encuentro Granta en la librería La Buena Vida – Café del Libro, de Madrid

2 Diciembre, 2009 por Granta Sin comentarios »

La librería La Buena Vida – Café del Libro y la editorial Duomo ediciones se complacen en invitaros a un encuentro para compartir el proyecto Granta en español con sus directores Valerie Miles y Aurelio Major, que tendrá lugar mañana jueves 3 de diciembre a las 20.30 en la librería.

 

DUOMO&LA_BUENA_VIDA

 

Contaremos con la presencia de Mercedes Monmany, quien es integrante del jurado del número 12 de Granta en español dedicado a los mejores narradores jóvenes en español.

 

Allí os esperamos.

 

Librería La Buena Vida – Café del Libro:

C/ Vergara, 10

91.542.91.42

 

 

MAPA_LA_BUENA_VIDA

“Homenaje a Ballard: dos fantasías sobre un tema visionario”, por Will Self

30 Noviembre, 2009 por Granta Sin comentarios »

1. EL MUNDO

No carecería de lógica la esperanza de ser capaz de seguir adelante y, tras haber caminado por el mundo, satisfacer mi ambición de recorrer a lo largo la isla de Inglaterra, una de las trescientas que componen este extraño archipiélago artificial. Para empezar, yo no había andado todo el camino desde la casa de Jim Ballard en Shepperton (exceptuando el vuelo entre Heathrow y el aeropuerto internacional de Dubai), sino que habían sido los áridos páramos de Tiger Woods los encargados de minar mi determinación, mientras el desenfadado aniversario del Divino Profeta me había trastocado la agenda. La verdad es que me divertía la ironía de que a un judío anglicano como yo se le negara el acceso a un simulacro de mi tierra natal englobado en un festival musulmán: eso colocaba no sólo al Mundo, sino también al mundo, en la perspectiva adecuada. Pero no iba a ser ése el obstáculo definitivo, sino la simple ausencia de un lugar para bajar a tierra.

Anna, la chica que se encargaba de las relaciones públicas de Nakheel, una empresa subsidiaria de las construcciones del jeque Mo, se moría de ganas de ayudarme, pero cuando llegamos al Mundo nos encontramos con que el malecón había sido enviado a Alemania. En 2006, Richard Branson, el magnate de los refrescos y los condones, había plantado la bandera en Inglaterra como parte de una campaña publicitaria destinada a «celebrar» el inicio de los vuelos directos de Virgin Airways entre Londres y Dubai. Más recientemente, Piers Morgan, el egregio ex director del Daily Mirror que había sido lo suficientemente tonto como para comprar fotografías trucadas de militares torturando a presos iraquíes (cuando había tantas auténticas dando vueltas por ahí), también había puesto los pies en Inglaterra para un documental televisivo que estaba filmando.

Probablemente, yo carecía de la influencia necesaria para que me pusieran una pasarela, pero la verdad es que no quería armar mucho barullo porque, francamente, ya me parecía todo un logro haber conseguido llegar al Mundo. Tampoco había hecho el menor esfuerzo para ocultarle a Anna mi identidad, ni aquello acerca de lo que pensaba escribir, por lo que suponía que ella no había hecho los deberes muy a conciencia o que sus jefes habían pensado que dejarme expandir información negativa sobre ellos siempre sería mejor que impedirme la entrada.

Personalmente, si llego a estar en la posición de Nakheel, me hubiera prohibido a mí mismo acercarme a ese demencial ejercicio de miniaturización, pues se trataba de una perita en dulce para cualquier humorista. Yo hubiera enviado unos acorazados pequeñitos para hundirme o unos mini submarinos que me torpedearan. La situación me recordaba la columna sobre Psicogeografía que había escrito tras pronunciar un discurso en vistas a recaudar dinero para una organización caritativa llamada Niños de la Guerra en la Real Corte de Justicia de Londres. La cosa consistió en una cena organizada por la revista de economía Euro Week para los agentes de bolsa de la City, y durante mi relato acerca de la violación de una niña afgana de trece años, más su consiguiente encierro y tortura por haber cometido el «delito» de «adulterio», los ya cocidos bolsistas no habían dejado de darle con ganas al Chateau Petrus.

Evidentemente, les puse verdes, tanto en persona como en el papel. Sin embargo, no fueron los bolsistas los que intentaron demandarme por libelo, sino los picajosos caritativos. Yo había dicho en mi artículo que creía en el trabajo que llevaban a cabo –ayudar a niños en zonas de guerra–, pero que no estaba seguro de que eso fuese lo que deberían hacer: «Las organizaciones caritativas, y demás ONG, se suman a las aventuras de nuestro gobierno en el extranjero cual buitres licenciados en sociología, alimentándose de la carroña que queda en el campo de batalla. Se posan durante unos meses o unos años, publican en casa discos con colaboraciones de famosillos para financiarse y luego levantan el vuelo en busca de más Humanismo con el que alimentarse».

Un par de días después, la abogada de The Independent me llamó para informarme de que niños de la guerra preparaba una querella por difamación contra el periódico. Ambos nos reímos larga y amargamente, y ella –o sea, la abogada– apuntó que mi artículo no sólo era de lo más ponderado, sino que los de Niños de la Guerra quedarían como unos perfectos idiotas si iban a juicio por algo así; y tendrían que reconocer en público que habían invitado a un notorio polemista para que les guiara hasta el becerro de oro, pero que de momento se dedicaban a balar porque les estaban esquilando a ellos.

De todos modos, no podía evitar sentir cierta lástima por la simplona y francamente ovina Anna, que me recibió en la recepción de la oficina de ventas de Nakheel (lema de la empresa: «nuestra visión inspira a la humanidad»), donde me senté con cierta prevención bajo otro retrato del preclaro dirigente. tras intercambiar saludos, me llevó a una enorme habitación lleno de maquetas arquitectónicas. «¡Ooh!», exclamé. «Me encantan las maquetas. A veces son mejores que cuando se hacen realidad». «A veces» es la expresión que hay que utilizar aquí: no es que yo prefiera modelos a escala reducida de mi mujer y mis hijos, ni aspiro a poseer una reproducción del Panteón o del Partenón, pero cuando se trata de una arquitectura tan inane como la que practica Nakheel, lo mejor es la versión reducida.

Por supuesto, el Mundo en sí mismo también es una maqueta, lo cual suscita la curiosa cuestión filosófica de qué añade la maqueta de una maqueta a la inteligibilidad del asunto que ya aporta una simple maqueta. Levi-Strauss pensaba que la miniatura debía ser la forma arquetípica del trabajo artístico, observando que hasta los frescos de Miguel Ángel para la Capilla Sextina eran miniaturas, dado que el tema central de la cuestión era la propia Creación. La literalidad y el crudo imaginario visual de las construcciones Palm –que Nakheel había definido como una «trilogía», aunque «amasijo» habría sido una descripción más atinada– también me sugieren un poso religioso o, más bien, una ambivalente paradoja islámica, pues aúnan dos pulsiones simultáneas y contrarias: por un lado, se trata de demostrar que el mundo carece de forma hasta que se interpreta con un manual de instrucciones coránicas; y por otro, la cosa consiste en rascarles la barba a los devotos con lo que, en esencia, no es más que un montón de pictogramas vulgares.

Ciertamente, una vez empiezas a observar la península arábiga desde la perspectiva de satélite que te ofrece la visión del jeque Mo, resulta difícil no quedarte pasmado ante la dimensión geo-política de todo esto: están los emiratos Árabes Unidos y Omán, interior y suela respectivamente de un zapato que golpea el suave bajo vientre de Irán, Afganistán y Pakistán. O, posiblemente, una protuberancia más fálica (unida a sus priápicos rascacielos y la lubricación de la comida rápida occidental, el alcohol y la crema solar) que se interna entre las separadas nalgas del resto de la umma: un acto de sodomía tectónica que puede haber sido diseñada aposta para inflamar el honor de los islamistas. Digamos, y reiteremos, que no hay nada que resulte en lo más mínimo gay en los habitantes de los emiratos en sí, a no ser que las cosas hayan cambiado en las dos últimas generaciones. Thesiger reconocía que la homosexualidad era «común entre la mayoría de los árabes, sobre todo en las ciudades». Sin embargo, «se da muy poco entre los beduinos… A veces, éstos hacen chistes sobre cabras, pero nunca sobre muchachos».

Pensé en los joviales iraníes y sus muñecas hinchables, pero dejando aparte los chistes de cabras, no había gran cosa de la que reírse mientras Anna y yo nos encaramábamos a la lancha –manejada por dos marineros de una extrema pulcritud– y se ponía en marcha el motor. La aceleración fue rápida, y no tardamos mucho en surcar las olas dejando un rastro de espuma a la espalda, cual clásico ejercicio de caligrafía arábiga. Las falsas torres Chrysler de Knowledge City se empequeñecían mientras nos alejábamos del largo bulto del Palm y nos deslizábamos junto a Logo Island, una urbanización autónoma de lujo que a mí me recordaba ligeramente una fábrica de cemento. ¡Logo Island! Menudo nombrecito. De hecho, hay un par de islas Logo, una a cada lado de la masa del Palm, y resulta evidente que al jeque Mo le parecen logos de Nakheel estilizados, muy estilizados; un logo al que beneficia la estilización añadida de los caracteres árabes de la palabra «Nakheel». Mola, ¿eh?

La pulcra tripulación, la lancha impecable, el mar chispeante, la chica recién salida de unos cursos de relaciones públicas en una universidad británica de provincias… Sin duda, se me podía perdonar por imaginar que me dirigía a la isla secreta del Doctor Mo –o puede que del doctor Moreau–, donde se me sometería a una atroz vivisección: me amputarían las piernas y me sustituirían el cerebro por uno de un empresario de la construcción. Desde el mar, la barrera del Palm Jumeirah parecía exactamente lo que era: siete millones de toneladas de piedra. Costaba creer que los planificadores de ese charco de cinco kilómetros cuadrados no se hubiesen dado cuenta de que acotar casi por completo una zona tan grande de agua marina acabaría por estancarla, pero así había sido. En cualquier caso, habían conseguido solventar el problema a base de abrir otro canal en la barrera, y ahora –o eso aseguraban sus biólogos marinos–, los intersticios de las diecisiete frondas del Palm eran famosos por su rica fauna y flora: hierba marina, pescado de arrecife, ostras… el típico menú tropical. pero los residentes del Palm preferían un entorno más sofisticado: el buceo se llevaba a cabo en torno a los cascos hundidos de dos aviones F100 Super Sabre (utilizados por las fuerzas aéreas de Estados Unidos en Vietnam), y también se decía que había un lingote de oro de un kilo oculto en el fondo de tan placentera piscina.

Probablemente, a Hamid Karzai –que tiene propiedades en el Palm– o a su hermano, el narcotraficante, le encantaría desnudarse y sumergirse en tan cálidas aguas en busca del botín. Sería una alternativa muy agradable a tener que aguantar el desbarajuste de la vida submarina, por no hablar del de Kabul. La choza de Karzai está justo enfrente de la de Kieron Dyer, el futbolista. Se trata de dos de las ocho mil residencias que han sido metidas con calzador en el Palm, en vez de las cuatro mil quinientas planeadas en principio. Los que habían pre-pagado sus casas fueron informados, de forma nada ceremoniosa, del nuevo diseño dos años antes de que se terminara de construir el Palm. En esos tiempos, claro está, dada la hinchazón de la burbuja inmobiliaria, fueron pocos los que se quejaron (tampoco es que pudieran hacer nada al respecto). Pero ahora, los palmeros estaban viendo cómo su inversión se estaba evaporando en el aire, y los murmullos de los descontentos iban subiendo de volumen.

Personalmente, yo creo que si te compras una casa en una península artificial en forma de palmera y con una extensión de 25 kilómetros cuadrados, te mereces lo que te pase. así pues, quejarse, como hizo un residente de la zona, de que la cosa «no tenía nada que ver con lo que se veía en el folleto» fomenta un cachondeo de lo más humano. Joder, si hasta el propio consultor de medio ambiente de Nakheel tuvo que admitir –mientras defendía el tinglado de la Trilogía– que, «Hay una cuestión filosófica en si la creación de hábitat mediante arrecifes rocosos, vegas de hierba marina y extensas playas para el control de las mareas (setenta kilómetros en Palm Jumeirah) constituye una defensa suficiente para la actividad constructora de nuestra isla». Sí, señor, y la respuesta filosófica a esa pregunta quedaba claramente de manifiesto al ver las grúas paralizadas en la zona en la que se había dejado de trabajar en la Trump International Tower (coste estimado: 2.96 mil millones). «Lo vulgar es para los demás», rezaba una valla situada frente a las grúas, que empezaban a parecer las horcas de las que pendería pronto la civilización. Sí, lo vulgar es para los demás, y lo mantendremos alegremente mientras nos olvidamos de reparar el Atlantis, un hotel de lujo de siete estrellas con la elegancia arquitectónica propia de un gordo rico y cabrón que se te sienta en la cara. Y además, ¿Quién en su sano juicio le pondría a un hotel el nombre de una tierra mítica que se inundó de forma catastrófica? ¿Y quién tendría el valor de alojarse ahí? Así pues, el Atlantis, donde cada habitación tiene vistas al mar o a un tanque de tiburones, se mantiene vacío y putrefacto.

En alta mar, el tipo del timón le dio al cambio de marchas y la lancha pasó de golpear las olas a atravesarlas. toda la línea costera de Dubai apareció ante mí envuelta en una nube marrón de polución: desde los bloques del centro en torno a la ensenada a los pináculos de Dubai Centro y las agujas de su Burj, y de ahí al agusanado Burj Al Arab y el cielo infestado del Club Náutico de Dubai. Todo eso, pensé, es el mundo en toda su torrencial y sucia obsolescencia, mientras que más allá se extiende el Mundo: un planeta desierto y prístino en bajorrelieve. su magma arenoso había sido extraído del fondo marino por la empresa holandesa Van Oord, y luego –utilizando una técnica conocida con el poético nombre de «arcoirización», en referencia a los arcos de sedimentación espectrográfica–, la laguna de nueve kilómetros por ocho había sido retirada a un lado para que apareciera la tierra seca. eso es lo que se hizo. Y el Constructor le llamó a la tierra seca el Mundo, y Él la llenó de isletas de entre cinco y veinte acres, cada una de ellas en forma de una muy querida porción del viejo mundo… y el Constructor creyó que se las quitarían de las manos.

Los precios en el Palm estaban bajando –sí, lo adivinaron–, cosa del cincuenta por ciento en el último trimestre, mientras que aquí, en el Mundo, las cosas iban tirando: se había vendido el setenta por ciento de las isletas, y el treinta por ciento restante –o eso quería hacernos creer Nakheel– andaban muy buscadas. Durante 2009, al igual que en años anteriores, se habían enviado «invitaciones para poseer el Mundo» a unos pocos privilegiados. Por lo menos, así se suponía que funcionaban las cosas, aunque la adjudicación de Great Britain Island (que es como la llama su actual propietario) parece haber sido más problemática. Comprada inicialmente por un consorcio de Galway, al oeste de Irlanda, que ya había sido «invitado a poseer» la isla Irlanda, Gran Bretaña volvió de manera misteriosa –como Laputa– a manos de Nakheel, y luego fue vendida de nuevo, esta vez a Safi Qurashi, un constructor medio asiático, medio británico, instalado actualmente en Dubai.

Una vez en el interior de la barrera de arrecife del Mundo, el barquero apagó el motor, nos deslizamos entre los simulacros de Sudamérica y África y luego aparecimos en la laguna del Atlántico Norte –al cabo de unos tres minutos–, circundando la Península Ibérica y enfilando la costa «francesa». Todos los continentes eran unos arenales informes, aunque vi un Portaloo hacia la supuesta región de Nigeria. Los promotores inmobiliarios habían tenido que analizar el terreno y solicitar permisos de construcción antes de empezar a convertir ese territorio fantasma en algo que diera dinero, pero… ¿Quién sabe? Iban a por todo el mundo, incluyéndole a usted: algunos se interesan por mansiones de lujo aisladas, otros aspiran a la igualdad del «desarrollo mezclado». El consorcio irlandés había pretendido que la isla Inglaterra tuviera un estilo «Grandísima Bretaña» a base de plantificar un hotel de lujo junto a 219 unidades residenciales, mientras que su visión para las reunidas Islas Británicas tasaba las unidades de la isla Irlanda –«Irlanda al sol»- entre ochocientos cincuenta mil y tres millones de euros.

John O’Dolan se había tomado en broma la compra de su consorcio: «Me han preguntado si planeo unir ambas islas». Tampoco pudo evitar cierta ironía celta: «Nos sentimos muy honrados de que Nakheel le propusiera a un irlandés comprar la isla de Inglaterra. Se habló mucho de que Richard Branson y Rod Stewart querían comprarla, y hay gente en Inglaterra muy cabreada porque creía que lo habían conseguido, pero luego resultó que no». El 29 de febrero de 2009, el cadáver de John O’Dolan fue descubierto en un cobertizo de sus propiedades cerca de Galway: a sus cincuenta y un años, este padre de tres hijos, profundamente preocupado en apariencia por su crisis financiera, se había quitado la vida.

En su funeral, el padre Peter Finnerty –amigo suyo desde la adolescencia aludió a la sospecha, muy extendida en Irlanda, de que los bancos habían mostrado una actitud implacable con los negocios demasiado llamativos. «Durante todos los años que conocí a John, nunca incumplió un trato o dejó una deuda sin pagar. Me gustaría plantear una pregunta… ¿Fue señalado John de alguna manera? ¿Tan mal se le trató para que hayamos llegado a esta situación? Creo que esta pregunta es de justicia».

Yo no sabía nada del suicidio de O’Dolan cuando, nueve días después, salté de la lancha a las blancas arenas coralinas de «Alemania». Evidentemente, me sabía muy mal no desembarcar en «Inglaterra»; había pensado avanzar con decisión –a lo veni, vidi, vinci–, recorriendo el terreno de un extremo a otro en vistas a imaginar el paseo por la auténtica Gran Bretaña que pensaba emprender de aquí a un par de años. En los esperanzados recovecos de mi mente –cenadores rosados, chispeantes de luminescencia neuronal– me imaginaba recorriendo los escasos pasos desde la costa sur, atravesando un Jardín de Inglaterra del tamaño de un jardín doméstico; descubriendo, acto seguido, extendida ante mí, una reconstrucción del Londres de Ballard: una muestra de tejados rojos, la forma acuosa del Támesis, junto a ella la contundencia de la urbanización con verja del puerto de Chelsea que Jim había plasmado en «Millenium People». Más allá, el carrusel del ojo de Londres giraría lanzado cual rueda de bicicleta, mientras aún más allá, zumbaría un Heathrow encogido, con sus terminales en forma de pepino y sus aviones moviéndose por control remoto por la pista de aterrizaje para aparcar. Avanzo cuidadosamente por las afueras de «Londres», de parque municipal en parque municipal, hasta que distingo entre mis pies la silueta familiar de la casa de Jim; y ahí estaba yo, a un extremo de la carretera M3 en miniatura, un insecto intentando salirse de un sendero embarrado, mientras rugían en la cercanía las aguas de las presas, y más allá de éstas, Vaughan cruzaba las carreteras arteriales en busca de otra colisión climática, una que significara que… el espacio y el tiempo íntimos de un solo ser humano habían sido fosilizados para siempre en esta telaraña de cuchillos de cromo y cristal congelado. (…) *

Londres, abril de 2009

Traducción de Ramón de España

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* Lee el texto completo en “Cosa de hombres”, el número 10 de Granta en español

Entrevista a Valerie Miles y Aurelio Major, editores de la revista Granta en Español, en ClubCultura.com

19 Noviembre, 2009 por Granta Sin comentarios »

Los editores de Granta en Español, Valerie Miles y Aurelio Major, estuvieron conversando con Diego Salazar, de ClubCultura.com, acerca de esta publicación.

 

En esta conversación Valerie y Aurelio se refieren al espíritu de la revista, a los grandes autores que han sido publicados en ella, a lo que significa traer una publicación anglosajona a España, a la tradición del reportaje, a la posibilidad de publicar textos de autores iberoamericanos en Granta en Español y a las publicaciones latinoamericanas que están cultivando la ‘non-fiction story’ en países como Colombia, México y Perú.

 

¿Cuál es el principal reto a la hora de trasladar toda una institución de la literatura anglosajona como Granta al español?

 

Acaso su pregunta merezca algunas precisiones. No nos parece que un cuento o novela corta, un reportaje narrativo, que merezcan la lectura y, sobre todo, la relectura, sean patrimonio exclusivamente anglosajón. Granta busca estar lejos de los marchamos de la palabra “institución”, que suena a polvo y naftalina; es más bien una revista (vivaz), con más de 70 mil lectores en lengua inglesa, la mayor parte jóvenes. Granta en Español no es el mero traslado de la publicación británica a nuestro idioma, sino la comunión y complicidad en nuestra lengua de una manera de entender la literatura y el reportaje y su difusión. Persuadir a los lectores de esa idea es nuestro reto (o cometido) principal.

 

España es un país donde casi no existe tradición de reportajes largos, afines al ‘granta-like’, casi no hay publicaciones que cobijen ni promuevan esa literatura, ¿No es una apuesta un tanto arriesgada? ¿Cómo pretenden conseguir captar al lector?

 

En cuanto a su primera afirmación, en España nos parece que sólo por meras razones de espacio en las publicaciones dominicales los reportajes no ocupan más páginas. Sí cabe afirmar que no hay en la actualidad ninguna (revista o suplemento) que pueda acoger reportajes narrativos extensos (por no mencionar nada de la narrativa, cuya presencia es casi nula). Precisamente por eso se hace necesaria Granta en Español, porque no hay nada semejante. Los autores hacen la publicación: el lector quedará convencido de este empeño cuando lea las colaboraciones, cuando compruebe que no sólo es interesante lo que se cuenta sino cómo se cuenta, cuando el lector advierta que Granta está atenta a las circunstancias del presente. En fin, nada nuevo.

 

Granta es una leyenda por, entre otras cosas, haber servido de plataforma a muchos jóvenes y talentosos escritores anglosajones, la cuadrilla de Amis, McEwan, Julian Barnes, entre otros; ¿Está en los planes de la edición española apoyar y promover jóvenes escritores hispanoamericanos?

 

Granta en Español publicará (lo ha hecho ya) a escritores iberoamericanos. No es una publicación sólo española, ni mucho menos, sino que está orientada a todo el ámbito de la lengua. En cuanto a los jóvenes escritores, la edad es mero adjetivo; el talento verdadero es lo esencial. Además, un aspecto importante de la promoción o plataforma a la que se refiere: algunos materiales de Granta en Español se publicarán en la revista británica.

 

ENTREVISTA_CLUBCULTURA

 

¿Cómo mira Granta en Español a Latinoamérica, donde actualmente pareciera haber mucho más interés por el ‘non-fiction story’, con revistas como Gatopardo, TxT, Soho, Etiqueta Negra, que en España?

 

Buena parte de la literatura más interesante de la lengua la están escribiendo colombianos, argentinos, mexicanos y peruanos. Pero la patria es la lengua. En cuanto al reportaje narrativo, hay algunos en Gatopardo o Etiqueta Negra que nos parecen compatibles con Granta en Español, aunque no así en las otras revistas que menciona. Además, los públicos son muy distintos: Granta no publica poemas, ni entrevistas, ni artículos, ni ensayos académicos, ni ofrece columnas dedicadas al sexo (en cualquiera de sus variedades). Además, el tono es otro: no somos proclives al sensacionalismo, ni nos interesan los aspectos superficiales de la farándula. En suma, se trata de que Granta en Español pueda releerse en diez años y que merezca un sitio en el estante de los lectores.

 

¿Tienen pensado rescatar algunos de los textos más famosos de Granta, pienso en James Fenton, Paul Theroux, Kapuscinski o el mismo Bill Bufford, que permanecen todavía inéditos en español?

 

Sí.

 

¿Cuál es el lugar que tendrá la ficción dentro de Granta en Español?

 

El mismo que ocupa en la publicación británica: publicamos cuentos, fragmentos de novela, varia invención, novela corta, y sus respectivos mestizajes y contaminaciones.

 

Granta se ha caracterizado por tener “la cara pegada a la ventana, decidida a ser testigo del mundo”, lo que le ha otorgado un fuerte carácter político, polémico en más de una ocasión ¿Cómo pretenden hacer llegar eso a la versión española? ¿Puede de alguna manera Granta en Español ser una nueva tribuna de opinión política?

 

Desde luego que sí, es ineludible. Basta leer lo que hemos publicado en el primer número para tener una idea de nuestras pretensiones: un reportaje sobre las repercusiones actuales de la exhumación de víctimas de la guerra civil en un pueblo de Asturias; las memorias de un preso anarquista escocés en las cárceles de Franco; el silencio avergonzado y contemporáneo en Argentina sobre la guerra de las Malvinas; el retrato de la decadencia de un jerarca de la prensa española actual; el intercambio epistolar y políticamente incorrecto entre una escritora iraquí y una serbia; un recuerdo pleno de frescura que refleja el carácter delirante del mesianismo castrista y de los entusiasmos revolucionarios en los años sesenta; la solitaria locura de Bokassa, el último emperador africano, ya depuesto; un diálogo entre una descendiente de Noé y un pájaro sobre nuestra indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

 

¿Pueden adelantar algo del próximo número?

 

No por ahora.

 

Por Diego Salazar

Granta convoca a los mejores narradores jóvenes en español

19 Noviembre, 2009 por Granta Sin comentarios »

Granta convoca, desde sus sedes en Londres y Barcelona, a todos los escritores, editores y agentes literarios interesados a que presenten la candidatura de jóvenes narradores de lengua española para su posible inclusión en el volumen que Granta publicará simultáneamente en traducción inglesa (Reino Unido y Estados Unidos) y en castellano (España) en octubre de 2010.

 

CONVOCATORIA_JÓVENES_NARRADORES_EN_ESPAÑOL

 

Condiciones

 

Pueden presentarse todos los narradores menores de 35 años que escriban en lengua española y hayan publicado al menos una novela o recopilación de cuentos en una editorial constituida antes de octubre de 2010.

 

Requisitos

 

Las candidaturas han de presentarse acompañadas de los siguientes materiales:

 

1. Un ejemplar de una o varias obras ya publicadas (novela y/o cuentos), o un ejemplar del manuscrito inédito de una obra acompañados de una carta firmada por el editor que certifique el compromiso de su publicación en una editorial constituida, acompañado de su correspondiente soporte digital (disco, memoria flash, o envío por correo electrónico).

2. Una carta firmada en la que conste el nombre del autor, fecha exacta de nacimiento, domicilio, teléfonos, dirección de correo electrónico y obras publicadas (título, editorial, lugar y año).

 

Dirección única de recepción: Granta, Duomo Ediciones, Calle de La Torre 28, Bajos 1ª, 08006, Barcelona, España

 

Dirección electrónica única: info@duomoediciones.com

 

Fecha límite de envío: 30 de abril de 2010

 

Estos materiales no se devolverán.

 

GRANTA_EN_ESPAÑOL

Jurado

 

La decisión de incluir a un autor con un texto inédito en Los mejores narradores jóvenes en español será adoptada por un jurado. Sus integrantes son Edgardo Cozarinsky, Francisco Goldman, Mercedes Monmany, Valerie Miles y Aurelio Major.

 

Si el jurado así lo solicita, todo autor elegido para su inclusión estará obligado a presentar copia de su fe de vida, acta o certificado de nacimiento.

 

Londres-Barcelona, 15 de septiembre de 2009.

 

Para obtener más información escriba a las direcciones arriba indicadas.

 

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Descargar el archivo de la convocatoria de Granta a los mejores narradores jóvenes en español en formato PDF.

¡Llegó “Cosa de hombres”, el número 10 de Granta en Español!

19 Noviembre, 2009 por Granta Sin comentarios »

El pasado 19 de octubre llegó a las librerías el número 10 de la revista Granta en Español cuyo título es “Cosa de hombres”.

 

PORTADA_GRANTA_EN_ESPAÑOL_10_CON_MARCO

 

A continuación os hacemos una breve presentación de los contenidos de “Cosa de hombres”:

 

· La escritora Azar Nafisi recuerda su infancia en Teherán y la aciaga relación con su tío y su marido.

· El periodista Xan Rice muestra la paritaria participación de las saharauis del Frente Polisario en la fundación de su república.

· El novelista Ha Jin se encuentra en medio del fuego cruzado doméstico entre su madre y su esposa.

· El ballardiano narrador británico Will Self recorre la desmedida y desolada arquitectura de Dubai.

· El periodista Luca Rastello refiere las ingeniosas estrategias de los narcotraficantes colombianos y mexicanos para acrecentar su negocio.

· El novelista Horacio Castellanos Moya nos presenta a El Vikingo, un torturador al que le gustan las mujeres.

· El periodista Andrew Hussey describe las condiciones que propician la intifada de París.

· La novelista Irene Zoe Alameda relata sus desventuras en Venezuela.

· El cronista Joan Queralt nos cuenta la vida de un arrepentido de la Mafia.

· El escritor Peregrine Hodson narra unas vacaciones que ninguna mujer querría padecer.

· El escritor Vicente Molina Foix recuerda el despertar del deseo.

· La escritora Jhumpa Lahiri conversa con la narradora canadiense Mavis Gallant.

· El escritor Patricio Pron narra los mecanismos de los concursos literarios.

 

Como los números anteriores de Granta en Español, “Cosa de hombres” incluye una plantilla de firmas de primera línea y está lleno de sorpresas para los amantes tanto del relato breve como de la crónica.

 

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Descargar el dossier de prensa del número 10 de Granta en Español en formato PDF.