Crónica de la gira de Granta en español por Estados Unidos, en Qué Leer

8 Julio, 2011 por Granta Sin comentarios »

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La indiferencia

10 Junio, 2011 por Granta 5 comentarios »

La indiferencia es en realidad el más poderoso resorte de la historia. Pero al revés. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto de valor general puede engendrar, no se debe enteramente a la iniciativa de los pocos que actúan, sino también a la indiferencia, al absentismo de muchos. Lo que ocurre no ocurre tanto porque algunos quieren que se produzca, cuanto porque la masa de los ciudadanos abdica de su voluntad y deja hacer, deja que se agrupen los nudos que luego solamente la espada podrá cortar; deja que lleguen al poder unos hombres que luego sólo un levantamiento podrá derribar.

La fatalidad que parece dominar la historia es precisamente la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este absentismo. Hay hechos que maduran en la sombra porque unas manos no vigiladas por ningún control tejen la tela de la vida colectiva y la masa permanece en la ignorancia. Los destinos de una época son manipulados según visiones limitadas y según los fines inmediatos de pequeños grupos activos, y la masa de los ciudadanos lo ignora. Pero los hechos que han madurado salen a la luz, la tela tejida en la sombra llega a término, y entonces parece que la fatalidad lo domine todo y a todos, que la historia no es más que un enorme fenómeno natural, una erupción volcánica, un terremoto del que todos son víctimas: el que ha querido y el que no ha querido, el que sabía y el que no sabía, el que se había mostrado activo y el que había permanecido indiferente. Y este último se irrita; quisiera sustraerse a las consecuencias, que se viera claramente que él no ha querido, que es irresponsable. Algunos lloriquean piadosamente; otros blsfeman obscenamente, pero ninguno, o pocos, se pregunta: si hubiera cumplido yo tambien con mi deber de hombre, si hubiera tratado de hacer oír mi voz, mi opinión, mi voluntad, ¿no habría pasado lo que ha pasado? Nadie, o muy pocos, se atribuyen la culpa de su indiferencia, de su escepticismo, de no haber dado su apoyo material y moral a los grupos políticos y económicos a los que combatían precisamente para evitar aquel mal, por no procurar el bien que se proponían. Otros prefieren, en cambio, hablar de fracaso de las ideas, de programas hundidos definitivamente y de otras amenidades parecidas. Continúan en su indiferencia, en su escepticismo. Mañana reanudarán su vida de absentismo de toda responsabilidad directa o indirecta. Y no puede decirse que no vean claras las cosas, que no sean capaces de dibujar hermosísimas soluciones para los problemas más inmediatamente urgentes, o para los que requieren mayor preparación, más tiempo, pero que son igualmente urgentes. Pero estas soluciones permanecen hermosamente infecundas, y esta aportación a la vida colectiva no está animada por luz moral aguna; es consecuencia de cierta curiosidad intelectual, no de un agudo sentido de la responsabilidad histórica que exige atodos que sean activos en la vida, en la acción, y que no admite agnosticismos ni indiferencias de ninguna clase. Por esto es necesario educar esta nueva sensibilidad: hay que acabar con los lloriqueos inconcluyentes de los eternos inocentes. Hay que pedir cuentas a todo el mundo de cómo ha cumplido la tarea que la vida le ha señalado y le señala cotidianamente, de lo que ha hecho y especialmente de lo que no ha hecho. Es preciso que la cadena social no pese solamente sobre unos pocos, que todo lo que sucede no parezca debido al azar, a la fatalidad, sino que sea obra inteligente de los hombres. Y por esto es necesario que desaparezcan los indiferentes, los escépticos, los que usufructúan el escaso bien que procura la actividad de unos pocos, y que no quieren cargar con la responsabilidad del mucho mal que su ausencia de la lucha deja que se prepare y se produzca.

Antonio Gramsci

Últimas imágenes de la gira de Granta en Español por Estados Unidos

31 Mayo, 2011 por Granta Sin comentarios »

Terminada la gira literaria de Granta en Español por Estados Unidos durante la cual los coeditores de la revista participaron junto con varios de los autores de la selección de “Los mejores narradores jóvenes en español” en “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation”, os dejamos una foto tomada en Nueva York de la última noche de este viaje.

En esta foto de familia podéis ver a Valerie Miles y a Aurelio Major, coeditores de Granta en Español, rodeados de Carlos Labbé, Alberto Olmos, Federico Falco, Javier Montes, Mercedes Monmany, Rodrigo Hasbún, Andres Barba, Oliverio Coelho y Carlos Yushimito del Valle.

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Foto de la última noche en Nueva York. El viaje por Estados Unidos ha llegado  a su fin.

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Tras regresar a Barcelona, la siguiente parada será la Feria del Libro de Madrid.

Aprovechamos la ocasión para informaros de que el próximo sábado 11 de junio de 12h.00 a 14h.00 el escritor Carlos Yushimito estará en la Feria del Libro de Madrid en la caseta 310 de Duomo ediciones firmando ejemplares de su libro Lecciones para un niño que llega tarde, que esta editorial acaba de publicar. Si estáis ese día en Madrid, allí os esperamos.

Nuevas imágenes de la gira de Granta en Español por Estados Unidos

26 Mayo, 2011 por Granta Sin comentarios »

Hoy queremos compartir con vosotros las últimas imágenes que hemos recibido de los eventos de la gira literaria de Granta en Español por Estados Unidos en la que han estado participando algunos de los autores que han sido incluidos en la selección de “Los mejores narradores jóvenes en español”.

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Gran multitud, incluyendo a la legendaria Drenka Willen, en el evento de Mcnally Jackson patrocinado por Duomo ediciones y la Spain-USA Foundation en el que los editores de la crème de la crème Jonathan Galassi, Barbara Epler, Peter Mayer y Amy Hundley hablaron acerca de la manera como escogen los libros que traducen.

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Conversación entre Aurelio Major y varios de los mejores narradores jóvenes en español acerca del trabajo de éstos: Oliverio Coelho, Carlos Labbé, Javier Montes, Andrés Barba y Alberto Olmos.

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En la BookExpo America (BEA), en Nueva York, conversación entre Carlos Yushimito del Valle, Oliverio Coelho, Javier Montes y la fabulosa Francine Prose. Nuria Vilanova, de la American University, moderó esta conversación en el Midtown Stage.

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Gracias a todos por acompañarnos y seguirnos a lo largo de esta intensa gira literaria por Estados Unidos en la que hemos querido contribuir a construir puentes entre los lectores estadounidenses y el amplio y diverso mundo hispanohablente a través de una muestra de lo mejor de la narrativa contemporánea en español.

La gira de Granta en Español por Estados Unidos en el blog USA – Español, de El País

25 Mayo, 2011 por Granta Sin comentarios »

El pasado lunes 23 de mayo el blog USA – Español del diario El País dio cuenta de la gira literaria “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation”, en la que participan varios de los autores incluidos en la selección de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta.

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Cristina F. Pereda abre el artículo “GRANTA, en español, en Estados Unidos” citando un fragmento de la introducción del número especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta en el que se establece un contraste entre la literatura contemporánea de España y de la América hispánica. A continuación el artículo recoge un testimonio de Valerie Miles, coeditora junto con Aurelio Major de Granta en Español, con respecto al proceso de elaboración de esta selección.

En seguida el artículo hace referencia a la gira literaria en la que Granta en Español está presentando su especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” en diferentes ciudades estadounidenses:

«El número, editado en inglés y español, fue presentado la semana pasada en Estados Unidos durante la gira “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation”, una serie de conversaciones entre autores españoles y norteamericanos.»

El artículo cita a Guillermo Corral, consejero cultural de la Embajada de España en Washington, quien afirma que con “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation” «queríamos establecer un diálogo entre autores norteamericanos y españoles y nos encontramos con esta casualidad. Nuestras ganas de hacer algo ambicioso e interesante coincidieron con que Granta elegía a los mejores autores de lengua hispana.»

Si el especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta ha logrado dar cuenta de la diversidad que hay actualmente en la narrativa contemporánea en lengua española, al contribuir a dar a conocer este fenómeno más allá de nuestras fronteras la gira literaria “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation” no sólo ha atraído la mirada del  público estadounidense hacia nuestra literatura sino que también ha abierto un nuevo canal de comunicación de doble vía entre Estados Unidos y la cultura hispanohablante que es necesario seguir alimentando continuamente porque constituye un punto de encuentro indispensable.

Más imágenes de la gira de Granta en Español por Estados Unidos

24 Mayo, 2011 por Granta Sin comentarios »

Seguimos compartiendo con vosotros algunas imágenes de los eventos de “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation”, la gira literaria por Estados Unidos en la que participan algunos de los autores pertenecientes a la selección de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta.

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Busboys and Poets, un lugar maravilloso para un evento al que una gran multitud vino a escuchar a Andrés, a Javier y a Alberto.

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En Washington D.C., con Azar Nafisi, Peter Manseau y Marie Arana. Sala llena para la gira “Building Bridges”.

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La gira literaria “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation” todavía no termina, así que ya os iremos enviando nuevos reportes de lo que suceda en ella durante los días que vienen.

La gira de Granta en Español por Estados Unidos en imágenes

19 Mayo, 2011 por Granta Sin comentarios »

Como os comentábamos hace unos días, durante este mes de mayo está teniendo lugar en varias de las ciudades más importantes de Estados Unidos la gira literaria “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation” en la que participan algunos de los autores pertenecientes a la selección de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta.

A continuación queremos compartir con vosotros algunas imágenes de los eventos de esta gira que se han celebrado hasta el momento.

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Presentación inaugural, en la fabulosa librería Elliot Bay Book Company de Seattle, de la programación de eventos organizada por la Spain-USA Foundation y la Embajada de España en Estados Unidos junto con Duomo ediciones. Una conversación de David Guterson, Javier Montes, Alberto Olmos y Andrés Barba con Antony Geist y Rick Simonson. La librería estaba llena y como invitado sorpresa asistió Baltazar Garzón, quien estuvo apoyando a estos escritores españoles.

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David Guterson y Rick Simonson en la librería Elliot Bay Book Company de Seattle, justo antes del evento.

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David Guterson y Rick Simonson, de la fabulosa librería Elliot Bay Book Company.

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La gran charla de la última noche en San Francisco con Yiyun Li y Andrew Sean Greer en Books, Inc. Gracias a Simone di Piero.

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Seguiremos reportando desde las distintas ciudades estadounidenses acerca de lo que suceda en las paradas de esta gira que Granta en Español todavía tiene por delante.

Construyendo puentes entre escritores hispanohablantes y anglosajones: Granta en Español de gira por Estados Unidos

2 Mayo, 2011 por Granta 2 comentarios »

La Spain-USA Foundation y la Embajada de España en Estados Unidos, en colaboración con el Ministerio de Cultura de España, Duomo ediciones y Granta en Español, tienen el placer de presentar “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation”, una gira literaria cuyos eventos tendrán lugar entre los días 16 y 25 de mayo en algunas de las ciudades más importantes de Estados Unidos y que contará con la participación de varios de los autores pertenecientes a la selección de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta.

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Los eventos que forman parte de “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation” tendrán lugar en las ciudades de Seattle, San Francisco, Chicago, Washington D.C. y Nueva York.

A continuación os dejamos el calendario de actividades de “Building Bridges: Spanish and English Language Writers in Conversation” —picando con el ratón en el nombre de cada ciudad podéis acceder a una descripción detallada de los eventos que tendrán lugar allí—:

- Seattle

Participan: los autores Andrés Barba, Javier Montes, Alberto Olmos y David Guterson.

Moderan: Valerie Miles, editora de Duomo ediciones y coeditora de Granta en Español, y Anthony L. Geist, del Spanish and Portuguese Department de la University of Washington.

Lunes 16 de mayo, 19.00h.

Elliot Bay Book Company.

- San Francisco

Participan: los autores Andrés Barba, Javier Montes, Alberto Olmos, Yiyun Li y Andrew Sean Greer.

Moderan: Valerie Miles, editora de Duomo ediciones y coeditora de Granta en Español, y Oscar Villalon, editor de la revista literaria ZYZZYVA.

Martes 17 de mayo, 19.00h.

Books Inc. Opera Plaza.

- Chicago

Andrés Barba, Javier Montes, Alberto Olmos y Aleksandar Hemon; John Freeman, editor de Granta.

Modera: Valerie Miles, editora de Duomo ediciones y coeditora de Granta en Español.

Jueves 19 de mayo, 18.00h.

The Cervantes Institute in Chicago.

- Washington D.C.

Andrés Barba, Javier Montes, Alberto Olmos, Antonio Ortuño, Peter Manseau y Azar Nafisi.

Modera: Marie Arana, escritora de Large de The Washington Post.

Viernes 20 de mayo, 18.00h.

Busboys & Poets.

- Nueva York

* “The Making of Granta en Español

Participan: John Freeman, editor de Granta; Valerie Miles y Aurelio Major, coeditores de Granta en Español; la escritora Mercedes Monmany; y los autores Andrés Barba, Oliverio Coelho, Carlos Labbé, Javier Montes, Alberto Olmos y Antonio Ortuño.

Lunes 23 de mayo, 19.00h.

The Center for Fiction.

* “Editors in translation / Writers being translated”.

Participan: los editores Barbara Epler (New Directions), Jonathan Galassi (Farrar Straus and Giroux), Peter Mayer (The Overlook Press), Amy Hundley (Grove Atlantic Inc) y Valerie Miles (Duomo ediciones); y los autores Andrés Barba, Oliverio Coelho, Carlos Labbé, Javier Montes, Alberto Olmos y Antonio Ortuño.

Martes 24 de mayo, 19.00h.

McNally Jackson Bookstore.

* “‘My New American Life’”, por Francine Prose.

Participan: la escritora Francine Prose y los autores Oliverio Coelho, Javier Montes y Carlos Yushimito.

Modera: Nuria Vilanova.

Miércoles 25 de mayo, 11.30h.

The Book Expo America 2011. Javitz Convention Center, Midtown Insight Stage.

* “Literature in translation” y recepción de cierre de la gira.

Participan: los autores Andrés Barba, Federico Falcó, Rodrigo Hasbún, Carlos Labbé  y Antonio Ortuño.

Moderan: Valerie Miles y Aurelio Major, coeditores de Granta en Español.

192 Books.

Miércoles 25 de mayo, 19.00h.

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Por si estáis en alguna de estas ciudades los días que tengan lugar los eventos correspondientes y os apetece asistir para conocer a algunos de los mejores narradores jóvenes en español y acercaros a través de sus intervenciones tanto a su experiencia como a su obra.

Miguel Martínez-Lage, biógrafo de la lengua

27 Abril, 2011 por Granta Sin comentarios »

Hace unos años, en el número 7 de la revista publicamos al Miguel Martínez-Lage inventor de centauros, pues en calidad de traductor sus admirables empeños nos habían acompañado desde el principio. Sirva la lectura de esta varia invención que aquí ofrecemos de nuevo para reunirnos en su recuerdo, homenaje verdadero.

PARACAIDISMO, PORTENTOS, PASATIEMPOS Y PASAJES. PORTBOU.

Miguel Martinez-Lage

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Aquello que en una ciudad cualquiera ―Barcelona, por ejemplo― amenaza tornarse plaga egipcíaca ―no mucho peor que la proliferación de las palomas, que parece bíblica multiplicación de panes y peces―, en otro lugar, pero no en cualquiera, podría ser bendición y salvamento, o al menos muestra de socorrismo. Aquello a que me refiero viene a ser, pongo por caso, el mal llamado y peor entendido turismo cultural. Y pienso en Portbou. Lo pienso mientras miro las agujas de la Sagrada Familia, el monumento más visitado de España, aun cuando no pase de ser un templo que debiera constar en los anales por ser el monumento definitivo a la obra definitivamente inacabada. ¿No habrá escrito Gaudí en el templo su equivalente del «Poema inacabat» de Gabriel Ferrater? Por tanto, un monumento a la ambición y al fracaso. Las dos caras de la misma moneda. Lo pienso mientras al pie de esas agujas, en el portal de la Natividad, recién declarado patrimonio de los simios, se enjambra una humanidad colmenera.

En primer lugar, conviene tener en cuenta que el turismo, si es cultural, no es turismo exactamente. Es más bien un cultivo de las mitomanías personales. Es satisfacer una necesidad, aunque pueda parecer vicio, lejos de la depredación de las masas. La masa está reñida con la cultura, la cultura no casa con adocenados; decir turismo cultural es rodar por la pendiente del oxímoron, y en este caso la carencia de lógica no sostiene la ilógica formulación. Si es turismo, no es cultura, luego el oxímoron será, en el mejor de los casos, eufemismo.

Portbou se encuentra en la Costa Brava. Geográficamente, claro. Técnicamente se encuentra muy al final de la Costa Brava si la Costa Brava empieza por ejemplo en Blanes, el pueblo de adopción de Roberto Bolaño. Portbou es el último pueblo catalán antes de la raya con Francia. O el primero, si se viene del otro lado. «Lo primero en que uno repara cuando se dirige a Barcelona ―escribe Cyril Connolly en noviembre de 1936, y hago constar la fecha porque no podría haberlo escrito en ningún otro momento, ni antes ni después― es la peculiar intención con que los amigos te dan la mano. Aun cuando lo acompañen con una frase del estilo de “ojalá pudiera ir yo también”, no se puede evitar, en la despedida, el notar un instante de cordialidad de sepulturero, de valoración mortuoria. Por norma, pasar de Cerbère a Portbou es pasar de la alegría y la comodidad a la vacuidad y la penuria. Hoy es el lado español el que está vivo.»

Sin embargo, aislado en una hoya de difícil acceso por carretera, tanto por el sur ―desde Colera: no conviene recoger autostopistas, porque podrían montar en cólera― como por el norte, por Cerbère, y rodeado de montes pelados por todas partes menos por una, que es el mar, Portbou está en realidad fuera de la Costa Brava y fuera del mundo. No son imaginaciones mías: Josep Pla escribió una prolija guía de la Costa Brava que consta de 540 páginas. Profusamente ilustrada (más de 300 fotografías en blanco y negro en la quinta edición, que es de 1965), trufada de topónimos (diríase que por estos pagos cada piedra tiene nombre), el último capítulo se titula «De Cadaqués a Portbou». Y a Portbou dedica Pla tres líneas bastante tópicas, para terminar diciendo que «Portbou ha sido, en la vida de muchos de nosotros, una palabra mágica y de sentido muy diverso: ilusión de marchar o tristeza de marchar, encanto de volver o pesar de volver…» Y prou de Portbou.

Debe de ser que Portbou le pilló muy fatigado de su tierra, camarada, al final de la guía en cuestión, cuya primera edición es de 1941. Natural. Empezó su periplo en Blanes.

No contento con estar fuera de la comarca, Portbou está aún más aislado del mundo por culpa de una vía férrea que lo mantiene con vida por respiración asistida. Una vía de comunicación entre dos puntos puede aislar a un tercero. La estación de ferrocarril ―la concejala de medio ambiente la llama «el portaaviones», y es tal la desmesura de la construcción en cemento con respecto al tamaño de la hoya que desde luego lo parece, estando además mal aparcado el buque, fuera del agua― arrincona al pueblo y lo empuja a un mar en el que hace ya mucho que no se pescan ni escórporas ni morralla para hacer un buen suquet de peix. El pueblo vive de los trenes de mercancías que pernoctan en la estación, a la espera de realizar el cambio de ancho de vía, ahora que del contrabando, abiertas las fronteras, no puede seguir viviendo. Los visitantes se miden con cuentagotas, y más exigua es aún la venta de Pernod y Ricard y labores varias de tabaco a los «del otro lado», como dicen las tenderas. Apenas vienen. Acudo de nuevo a Pla en busca de auxilio, y encuentro ―en realidad lo encuentra Juan de Sola, uno de los integrantes de la expedición portbouenca, y casi factótum de la misma― este remedio: «Todas las ciudades de frontera son iguales; una caja cerrada. Pero en Portbou parece que hay más inconsciencia». Lo dice en un texto titulado «Contraban», en Aigua de mar.

A este finis terrae catalán vino a poner fin a su vida Walter Benjamin el 26 de septiembre de 1940. Hay más finisterres de los que creemos. Y si el Finis Terrae coincide con el Finis Vitae, o Exitus, se ve que la geografía tiene un peso determinante en los movimientos de los hombres y mujeres. Lo malo es que también tenga, a veces, un peso exterminante. Mirar horizontes encajonados y limpios nos devuelve la única libertad posible. Salga el sol, eso sí, por Antequera. Y no sé si Benjamin se dio cuenta, tiempo no tenía para enterarse de gran cosa, pero su llegada a Portbou durante la tarde del 25 de septiembre se produjo siete, siete años clavados desde que se marchase de San Antonio, Ibiza, donde estuvo por segunda vez entre el 8 de abril y el 25 de septiembre de 1933.

En realidad no vino a eso: vino a todo lo contrario, vino huyendo del pavor que recorría Europa toda como un reguero de pólvora, vino a iniciar una nueva vida que en cuestión de horas se truncó definitivamente por un nimio detalle administrativo, unos papeles que no terminaban de estar en orden a la vista de la Guardia Civil, o que quizás nunca pudieron estar en orden. Y todo lo que tiene Portbou a día de hoy es un Memorial Walter Benjamin a la entrada del cementerio donde estuvo enterrado el poliédrico alemán, al cual llega uno, si quiere, sin querer siquiera: está indicado justo a la entrada del pueblo, y el volantazo que pegó uno de nosotros fue tan natural como si de la última curva de un camino conocido se tratara.

Por haberse muerto en Portbou, cuando la guerra de este lado había terminado, por Benjamin se ha dicho que la guerra civil española tuvo un millón de muertos más uno. Cruzó la frontera y se le terminó de sopetón la vida. Meses antes, en sentido inverso, habían cruzado la frontera miles de españoles. Y extranjeros. Entre ellos, una de las dos mujeres que acompañaría a Benjamin en su último trayecto. Henny Gurland estuvo casada con un socialista alemán con el que el gobierno de la República contó para realizar tareas de intendencia precisamente en la retirada, después del desastre del Ebro. Cuando se marchó a pie, camino de otros desastres, no podía ni imaginar que al cabo de menos de año y medio tendría que volver a cruzar la frontera por el mismo punto, pero con rumbo sur ―con rumbo a Lisboa, con rumbo a algunas Américas― y con el mismo apremio.

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El monumento en memoria de Walter Benjamin que ha construido Dani Karavan es prodigioso por su lúcida sencillez y por su meridiana inteligencia. Viéndolo en fotografía, uno tiende a pensar que es casi faraónico. Viéndolo y demorándonos antes de entrar en el túnel ―pues de un túnel se trata: un pasaje lúgubre, que poco antes de llegar al final se abre al cielo, y conviene aplazar unos minutos la entrada, no en vano Benjamin fue nacido bajo el signo de Saturno, el planeta de las demoras y las dilaciones―, sorprende sobre todo que la escala sea tan humana. Apenas pueden bajar dos personas juntas los setenta escalones de hierro, un hierro que va virando al rojo apagado, como toda la construcción, y que descienden hacia el mar. No. El mar se ve al final, pero no se puede llegar al mar: una gruesa lámina de cristal impide que el pasaje llegue a buen puerto. Grabada en el cristal en varias lenguas, una cita de Benjamin: «Es más arduo honrar la memoria de los que no tienen nombre que la de los renombrados. La construcción de la historia está dedicada a la memoria de los que no tienen nombre».

El cristal, por cierto, está roto en la parte inferior izquierda, como si algún irresponsable hubiera hecho rodar un pedrusco desde lo alto de las escaleras. El municipio quisiera cambiarlo por uno nuevo, pero Karavan se niega. El impacto de la piedra confirma demasiado bien algo que ya dijera Benjamin acerca de la cultura y la barbarie. El cristal, en fin, actúa de memento de la muerte, que sobreviene a los hombres de manera tan imprevista como sobrevienen los propios cristales a las moscas.

No sólo constituyen el monumento en recuerdo de Benjamin esas escaleras atuneladas y en descenso imparable, treinta grados de inclinación, hasta el cristal donde todo se detiene, donde no hay más allá por más que el más allá en el mar se vea. Consta de otros elementos: un olivo, una plataforma desde la que se otea la horizontalidad del mar eterno, unas escaleras ascendentes, idénticas a las del túnel, aunque en número menor, para llegar a ella. Con tan pocos medios y tanta sobriedad, Karavan transmite metafóricamente la realidad última en la vida del suicida incapaz de dar un paso más, es decir, su muerte en una sórdida habitación de hotel, en tierra de nadie, obligado a nada, vencido por la fatiga y por la vida misma, que, ya se sabe, no pasa de ser sino una enfermedad del espíritu.

«Ya durante mi primera visita a Portbou ―escribe Karavan rememorando la erección del Memorial― comprendí que el lugar en el que definitivamente halló descanso, y nadie sabe con exactitud dónde se encuentra, era el único lugar posible para conmemorar la tragedia experimentada por Walter Benjamin y toda una generación de intelectuales, antifascistas y judíos europeos, que trataron de huir de las tinieblas en busca de la luz. (…) Me di cuenta de que el lugar del homenaje tenía que estar cerca del pequeño cementerio de Portbou. Y de súbito la naturaleza tuvo a bien obsequiarme un drama asombroso y conmovedor, una turbulencia en el mar que rompía entre las rocas. El agua se arremolinaba, caía violentamente, saltaba de nuevo con ferocidad, y entonces llegaba de nuevo la calma, la quietud, la tranquilidad. Este drama se repetía una y otra vez, igual que el latir de un corazón herido. (…) Ascendí aún más por la empinada y pedregosa pendiente, y vi el olivo que pugna por sobrevivir frente al viento de levante que viene cargado de salitre, frente a la aridez del terreno. En busca de elementos adicionales, fui detrás del cementerio, y desde allí contemplé el mar, el horizonte, la libertad, ocluidos por la barrera que se interponía entre nosotros. Desde allí se regresa por el cementerio al punto de partida, la turbulencia del mar. El círculo vicioso del destino» (Dani Karavan, «1 pasillo, 1 escalera, 1 asiento = pasajes», en Homage to Walter Benjamin, Mainz, 1995).

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Nada más llegar al cementerio me acordé de lo que dice Marlow cuando toma aliento y comienza a desgranar su tenebrosa narración a bordo del Nellie, mientras espera a que cambie la marea en el estuario del Támesis: «Y éste también ha sido uno de los lugares más siniestros de este mundo, caballeros».

La visita al cementerio duró lo suyo, pero había que llegar realmente al pueblo. Depositamos sendos guijarros blancos en señal de respeto ante la tumba de un judío, que es lo que hay que hacer. Llama poderosamente la atención la cantidad de apellidos judíos que hay en las lápidas. Dirán que miento, pero una de ellas es de un tal Julian Jude, como suena. Hay también un túmulo que acoge los restos de una veintena de monjas benedictinas que fueron expulsadas de Tolouse en 1904, más por razones políticas que estrictamente litúrgicas; la congregación fue acogida en Portbou y prosiguió allí su dedicación a la enseñanza. Pero esto de las monjas expulsadas, que fue enigmático durante la visita, lo ha descubierto José Manuel de Prada Samper, que tomó buena nota de los datos. Como no es novelista, sabe dónde encontrar los flecos deshilachados de la historia.

Lo que no sale en las guías, caso de que en alguna guía salga Portbou ―ni falta que hace―, es la hospitalidad de ciertos lugareños. Tuvimos la suerte de que un vecino nos viese curiosear por las altas ventanas de aquel edificio destartalado en cuya entrada, de refilón, uno de nosotros vio al pasar una fotografía de Benjamin y otra de Dani Karavan, aunque entonces no supiéramos aún que era Karavan, ni tampoco quién era Karavan. El vecino fue el que llamó «museo» al edificio ruinoso y nos indicó quién podía tener las llaves: en principio, el mismísimo alcalde, que es el dueño del restaurante España, con eñe. Luego resultó que no, que las llaves las tenía la concejala, que se llama Amor ―una mujer que se llama Amor es casi seguro una garantía de éxito―, pero su marido nos dijo que no, que las llaves matarile las tenía que tener el alcalde. Rápida deducción: comemos en el España y seguro que a los postres nos trae la llave. Al cabo de un par de botellas de Blanc de Blancs, un conill amb all i oli, un lenguado en salsa de almendras, una o dos paellas y crema catalana para todos, apareció la llave, con la cuenta, junto a una piedra plana, perfecta para hacer chipichapa, que sirve en todas las mesas del España de sujetapapeles y de identificación de la mesa: la nuestra llevaba pintado el número 41. A los postres, uno de nosotros leyó trozos de las Tesis de filosofía de la historia. En concreto, la novena, la del ángel, seguramente uno de los fragmentos más citados de todo Benjamin, quien no en vano le dijo a Brecht que lo crucial, en la escritura, es su «citabilidad». Lo reproduzco por ahorrar molestias al lector, en traducción de J. Aguirre:

«Tengo las alas prontas para el vuelo,

con gusto volvería atrás.

De seguir siendo tiempo vivo,

tendría poca suerte.

―Gershom Scholem

»Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviera a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, igual que la boca, y extendidas las alas. Y éste deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremisiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.»

Otro de nosotros recordó que Laurie Anderson, mujer y musa de Lou Reed, tiene una canción que dice: «¿Cuál es la flor que expresa que los días van pasando y que nos empujan infinitamente hacia el futuro? ¿El lirio blanco?». Otro más aún leyó otra de las Tesis, la séptima, que es de donde está tomado el texto inscrito en la placa que hay en el cementerio, donde estuvo la fosa común a la que fueron a dar los huesos de Benjamin después de cinco años en el nicho nº 563. «Los bienes culturales que abarca con la mirada tienen todos y cada uno un origen que no podrá considerar sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura que no contenga a la vez la barbarie.» Y la tesis termina diciendo que es preciso «pasarle a la historia el cepillo a contrapelo». «Pero al ángel de la historia le falta la voz», señaló Carlos Rodríguez. A su juicio, si la tuviera, sería la del aviador del poema de Yeats, «Un aviador irlandés prevé su muerte», que recitó de corrido nada más ventilarse la crema catalana: «I know that I shall meet my fate / Somewhere among the clouds above; / Those that I fight I do not hate, / Those that I guard I do not love.» (En el viaje de vuelta, en pleno atasco, sonó la versión musicada por el animal de Shane McGowan, más conocido por su trabajo con los Pogues.) A propósito de ventiladores: con lo que arreciaba la «tramuntaneta», por delante de las mesas del España vagaba un magrebí que cargaba con un ventilador de pie, con una hélice de medio metro de diámetro, dispuesto a vendérselo a quien fuera.

Lástima que ninguno hubiésemos llevado un ejemplar de Dirección única, porque podríamos haber leído este otro pasaje, en traducción de Juan José del Solar: «Únicamente quien supiera contemplar su propio pasado como un producto de la coacción y la necesidad sería capaz de sacarle el mejor provecho en cualquier situación presente. Pues lo que uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que hubiera perdido todas sus extremidades al ser transportada, y ya sólo ofreciera ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su propio futuro».

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Una vez en poder de la llave («la clé des chants», diría Connolly en La sepultura sin sosiego: la tumba sin reposo), recurrimos a la concejala, y fue Amor la que con humildad ―y unción, y hablándonos de paso, por los codos, de una vida de adversidades y entereza, la suya― nos acompañó a lo que había sido la escuela del pueblo, una sala destartalada en la que se exponían, para quien supiera dar con la llave, y con Amor, memorabilia benjaminiana diversa, restos en realidad del rodaje del documental L’última frontera, de Manuel Cussó-Ferrer (1991), y documentación asimismo del levantamiento del Memorial Walter Benjamin, en 1994, obra de Dani Karavan. Ahora ya sé que cuando viajas lo primero es no escatimar en botas, y que si no tienes trujamán has de procurar ganarte la confianza del lugareño, a quien nunca has de entrevistar, pero me pregunto si no tendría que decirle a Azúa que en la fisterra catalana hablan un castellano perfecto, sin ningún reparo, a petición del viajero ¿Habré de callar por más que con el dedo? Tampoco sé. Ya dijo Unamuno que en las fronteras las lenguas se diluyen solas. Lo único que ha quedado en mi memoria, además del estado de abandono, de las goteras del edificio, del intenso olor a polvo añejo, es una fotocopia en color de la factura de la fonda donde murió Benjamin una noche de septiembre. Lo sé: en todos los libros se habla del Hotel de Francia, del que era dueño Juan Suñer Jordana, pero hay quien asegura que la Fonda de Francia nunca se llamó así; en la factura figura desde luego el nombre; tal vez sea oportuno señalar que Pla, en Escrits empordanesos ―Obra Completa, XXXVIII, Destino, Barcelona, 1980, pp. 273-275―, pinta con buen temple un retrato del señor Suñer que desmiente de manera taxativa todas las tonterías que de él se han dicho gratuitamente en cuanto a sus privilegiadas relaciones con el régimen franquista, o con los mamporreros locales. De la factura, que no he visto reproducida en ninguno de los libros que sobre Benjamin he consultado, lo más llamativo es el total de 8,80 pesetas en concepto de llamadas telefónicas. Cuatro, para ser precisos. Todas ellas, el día 26, antes de las 10 de la noche. Es de suponer que fue Benjamin quien las hizo: Henny Gurland y su hijo en principio no tuvieron que recurrir a nadie, pues su pasaje estaba asegurado, mientras Lisa Fittko se volvió a Banyuls al poco de pisar tierra catalana, dispuesta a hacer de guía cuando a otros fugitivos les fuera necesario pasar la muga. La primera aún se habría de casar con Erich Fromm, y la segunda escribiría el relato del periplo en el que se han tenido que basar todas las conjeturas posteriores acerca de la muerte de Benjamin. Y otro libro sobre la emigración forzosa, sobre los huidos de aquella Alemania atroz. Henny Gurland, por cierto, es seguramente la autora de la desaparición de la maleta. Y si la hizo desaparecer fue por miedo. Y por fortuna no importa, pues todo lo que en ella llevaba Benjamin era copia de lo que Bataille custodiaba en París. De lo único que no había copia era del cuadro de Klee, Angelus Novus, que se quedó en la ciudad de la luz, a buen recaudo. Y puede que tampoco la hubiera de una versión más avanzada de las Tesis. Vuelvo a la factura, en la que constan 5 pesetas en refrescos, una por cada gaseosa con limón que se tomó para pasar el mal trago. Y del total, 166 pesetas con 5 céntimos, la parte mayor, con 75 pesetas, corresponde a «desinfectar, lavar, blanquear» la habitación, a lo que hay que sumar 30 pesetas en concepto de «vestir difunto» y 13 en «farmacia». Lleva por fecha el 2 de octubre. En la primera quincena de ese mes, Hannah Arendt, amiga íntima de Benjamin, a cuyo sostén había contribuido junto con Giselle Freund y otros amigos en los últimos meses de indigencia en París, pasó por Portbou, pero no encontró la tumba. La explicación es simple: a Benjamin se le enterró en un nicho con el nombre de «Dr. B. Walter».

Es casi seguro que una de las llamadas de esa abultada cuenta tuvo que hacerla Benjamin al consulado estadounidense en Barcelona. Por el importe abonado, cabe suponer que estableció contacto. Lo único que se sabe es que en el consulado nadie movió un dedo para que mejorase la situación de los refugiados que ni siquiera eran tales, sino todavía, técnicamente, aspirantes a refugiados. En cuanto a otro de los enigmas, olvidándonos de la maleta ―un bulto cuya portabilidad deja mucho que desear, por comparación con la maleta verde de Duchamp, en la que cabía toda su obra, y cuyo destino ha imaginado de manera concluyente Bruno Arpaia en su novela L’Angelo della storia―, desde que Arthur Koestler publicó La hez de la tierra (en 1941) sabemos que Benjamin llevaba abundante morfina en su maleta. Koestler, que había sido su vecino parisino en la rue Dombasle, se encontró a Benjamin en los días frenéticos de Marsella, poco antes de que Benjamin viajara a Port-Vendres, última escala antes de pernoctar en Banyuls-sur-Mer e iniciar la travesía final. «Tenía en su poder cincuenta tabletas de morfina, que tenía intención de ingerir en caso de que lo capturasen. Me dijo que era más que suficiente para matar a tres caballos, y me dio la mitad. “Por si acaso”, dijo.»

Nada más deglutir los comprimidos de morfina, antes de ingresar en el sueño eterno, Benjamin escribió una tarjeta a Theodor Adorno en la habitación número 4, que no 41, del segundo piso del Hotel de Francia. Se la entregó a Henny Gurland, al parecer, con la intención de que ésta se la hiciera llegar a Adorno: «En esta situación desesperada no tengo otra alternativa que romper con todo. Mi vida acabará en un pequeño pueblo de los Pirineos en el que nadie me conoce. Le ruego comunique a mi amigo Adorno mis reflexiones y le explique la situación a la que me he visto abocado. No me queda tiempo suficiente para escribir todas las cartas que me hubiera gustado» (W. B., Gesammelte Briefe, VI, Suhrkamp, Francfort, 2000, pág. 483). El original de la postal se perdió. La reconstrucción de la misma es de la propia Frau Gurland. Se supone que ella misma la destruyó por miedo a más complicaciones. El suicidio estaba penado por ley (igual que en Inglaterra: a finales del xix, se condenó a muerte a un suicida que no había culminado con éxito la intentona). El médico que certificó la defunción de Benjamin escribió en el acta que la causa había sido un «derrame cerebral». Y es indudable que conocía la verdadera causa de la muerte. Es probable que quisiera, también él, evitar dificultades a los refugiados supervivientes. No es de extrañar, por otro lado, que quisiera ahorrar al difunto ciertos trámites con la justicia de la época.

A Arendt seguramente le pasmaría saber que a nosotros nos enseñaron primero con recato, y luego, con más descaro, nos pidieron que pusiéramos precio por las gafas de Benjamin. Si no lo eran, lo parecían. Nos las pasamos de mano en mano y el polvo se debió de quedar adherido a nuestros dedos. La lente del ojo izquierdo estaba rota. Al parecer, las gafas habían pasado cinco años en un nicho del cementerio. Alguno de nosotros dijo que ni juntando los ahorros de todos tendríamos para comprar la reliquia. El oferente garantizó la autenticidad amparándose en su parentesco con el sepulturero. Y dijo que tenía también los pedacitos de la tarjeta, último ológrafo de Benjamin, pero preferimos no verlos.

Hay un irónico golpe del destino que no se suele comentar. Semanas después ―pero ya en 1941― de que el médico levantase el acta de defunción de Benjamin, las autoridades españolas abrieron la mano al paso de refugiados. Se ha dicho que fue por el suicida, pero es evidente que no. Las órdenes cambiaban de día a día en aquellos tiempos de guerra recién conclusa a un lado de la frontera, de guerra recién iniciada al otro. Cuesta trabajo no preguntarse si la muerte de Benjamin no fue innecesaria, si no se pudo prevenir. Son preguntas de todos modos sin respuesta, y sin sentido. Sigue sin caber duda ninguna de que hubo bastantes personas que pudieron hacer mucho y no hicieron nada. Por ejemplo, Brecht, quien durante el año anterior no quiso más a Benjamin en su casa de Skovsbostrand, en Dinamarca, país del cual los judíos perseguidos salían sin mayor contratiempo, del que Benjamin salió en cambio rumbo de nuevo a París por indicación expresa del dramaturgo. En aquellos momentos morían centenares de personas, y en cuestión de meses iban a ser millares, y a los años millones, que también perderían la vida sin necesidad, en el anonimato, en otras fronteras… o sin frontera ninguna a la vista.

Conviene saber que Portbou cuenta con otro monumento. Justo en la raya con Francia, donde más casca el viento, da igual de dónde sople. (Al rato, se levantó un vendaval de marca mayor para los forasteros, que a los lugareños sólo les mereció el calificativo de «tramuntaneta». En Portbou, cuando sopla de verdad, no quiero ni pensar la de cosas que pueden salir volando.) Es un bloque de granito mal protegido por una placa de metacrilato, en la cual se lee aproximadamente, en tres lenguas, que «entre febrero y marzo de 1939 cien mil personas (hombres, mujeres y niños) pasaron la frontera por este punto; formarían el primer frente antifascista del continente europeo».

Si existe un lugar donde naturalmente tendría que fundarse un museo del exilio, un monumento no para recordar, sino en contra del olvido, no puede ser otro que Portbou.

5

Después de la breve visita al «museo», pasamos un largo rato conversando con Amor, quien no tardó mucho en llamar a un amigo suyo, al parecer custodio de todo lo que del «museo» faltaba, que tiene a buen recaudo en su domicilio precisamente porque la antigua escuela municipal no ofrece garantías ni contra la lluvia ni contra las ratas ni contra la desidia. Marián Román no tardó en sumarse a la charla a pie, a la vista de la plácida ensenada. Nos fue sondeando para conocer nuestras intenciones, y pactamos vernos más adelante para que nos mostrase al menos una parte de su nutridísimo archivo fotográfico. El título de esa exposición particular, que tuvo lugar en su domicilio, se lo pusimos nosotros a instancias suyas: Portbou, 1930-1940. Fue unas semanas después, un domingo de julio, cuando Amor seguía echando en falta la afluencia de guiris dispuestos a gastar en su tienda y el propio Marián (así se llama: ni Mariá ni Mariano, pues su nombre responde a una acuñación fronteriza, a caballo entre los idiomas), que no los necesita, despotricase porque son demasiados y no le dejan peces que pescar en la ensenada, tal vez al pie mismo del Memorial.

Cuando el calor ya no era calor, sino torridez aplatanante, subimos de nuevo con refuerzos. ¿Por escasez de medios? No. Porque la mitomanía es contagiosa no per se, pero sí cuando la porta un vector vírico potente. Sospecho que, de haberse corrido la voz, podríamos haber fletado un minibús.

Marián nos recibió mosquetero. Una cosa son tres chalados que obviamente saben a qué van. Otra, cinco jugadores de básquet que nunca se han pasado el balón entre sí. Y que van a anotar una pila de canastas. La intrahistoria gráfica de un pueblo olvidado nunca estuvo en mejores manos, pienso viendo las del fotógrafo curtido, ni se expuso ante ojos más abiertos que los diez ojos forasteros que miraban con avidez todo lo que Marián a bien tuviera enseñarnos, que fue mucho.

En su archivo, primorosamente reunido, Marián tiene abundante material gráfico sobre lo que él llama «la retirada». Y la vida civil en el Portbou de antes y después del desastre. Y las heridas que dejaron las bombas en el tejido de la localidad. Y el crecimiento del mastodonte ferroviario, y los vehículos despeñados desde el paso fronterizo hasta caer al mar. Y fotos como para hacer media docena de portadas de libros con criterio. Además, lo enseña con un cariño exento de orgullo, y con una nostalgia de lo no vivido ―Marián nació en el 36― sencillamente incurable y, por eso mismo, digna del mayor de los respetos.

En el transcurso de esa segunda visita, dos de nosotros iban a realizar una travesía distinta: a nado, desde una caleta en la orilla norte de la ensenada, más o menos donde iban a parar los vehículos despanzurrados que se hacían rodar desde el paso fronterizo, hasta el pie del Memorial. A ojo de buen cubero, un kilómetro largo, todavía a resguardo de la ensenada, pero los dos son nadadores natos. Los otros se quedaron viendo pasar el tiempo en la terraza contigua al España. Pasó el tiempo, pasaron pocos viandantes, se hicieron los otros también viandantes, comprobaron que el estado de la parte alta del pueblo es ruinoso, miraron la ventana de la habitación en que la morfina surtió efecto, subieron a la estación (cuya marquesina, de 1929, es obra de Joan Torras, el Eiffel catalán), a verla por dentro (41 metros sobre el nivel del mar, dice la placa) y a imaginar cómo llegaron allí a presentarse a la Guardia Civil, tras bajar por la ladera pelada, los fugitivos: una señora, un adolescente, un hombre entrado en carnes, con serios problemas cardiorrespiratorios y un maletón del que no se soltaba ni para secarse el sudor de la frente, aunque Fittko ha dicho que el hijo de la señora Gurland y ella se turnaron para llevar la voluminosa cartera, que cada vez parecía pesar más. (Cartera, maletín, maleta, baúl: las arenas movedizas de la traducción se lo tragan todo.) La ruta estaba abierta: quince días antes por esa misma pendiente bajó un grupo compuesto por Heinrich y Nelly Mann, Alma Mahler, Franz Werfel y Golo Mann. Ahí es nada. La ladera en cuestión no es, por cierto, la que ciñe la carretera al final de la cual los soldados republicanos entregaban armas y bagaje antes de pasar a Francia. Queda bastante más al oeste, por donde corre la ribera de Dallbou. Hay un relato de Max Aub que se titula «El remate». Está en la antología Enero sin nombre. El protagonista, un escritor para más señas frustrado, se suicida en el túnel de Portbou. Un enano español se suicida en Portbou, vaya. Mientras sucede, uno lee: «Vamos desapareciendo poco a poco en un terreno cenagoso, en un tremedal, viendo cómo los demás siguen andando. Atrapados…». Y en la cronología de Aub que figura en el catálogo de la exposición del CBA madrileño en 2003 encuentro esta entrada sobre el año 1958: «Publica Jusep Torres Campalans (…) En el viaje a Francia va a Cerbère para encontrarse por primera vez desde el final de la guerra con su madre. «Perpignan. Cerbère. Mi madre. España. Por ahí, por ese camino salí. El mar, las rocas. Me siento tres horas, mirando. ¡Al túnel! ¡Al túnel!, nos mandaban. No hemos salido.» (Diarios, 11-IX-58). El mundo encogía a una velocidad de vértigo. Cada rincón era irrespirable. La urgencia de vivir y de producir, publicar, salvar el pellejo, era tal como nunca ha sido. Ni probablemente sea.

Los nadadores querían ante todo ver el telescopio que es, si bien se mira, el túnel del Memorial, y querían verlo por el lado por el que nadie lo ha visto. Iban a descubrir otra dimensión de toda esta historia sincopada. Se alejaron por la orilla hacia el norte, hasta una caleta desde la cual iniciar a nado ese trayecto. Ligeros de equipaje como los hijos del limo, que los del mar tienen escamas, arrostraron el frío del líquido elemento y llegaron al cabo a la otra orilla. Pero no habían contado con que el agua estuviera todo lo fría que estaba, ni pudieron suponer que en plena travesía se levantara la «tramuntaneta» y arrancase esquirlas de espuma de la cresta de cada ola e incluso en la superficie del mar sin que ola se formara, desviando su curso, de modo que luego de extasiarse viendo del revés el pasaje de hierro forjado por Karavan, viendo cielo donde los demás mortales vemos mar, en un contrapicado único donde el común de los visitantes sólo disponen del picado, tuvieron que pegarse a la tapia que remata el paseo marítimo para, cual lagartijas, calentarse al sol. Antes habían pisado almejas y erizos allí donde se le arremolinaba el mar a Karavan ―hay quien dice que, en verdad, conocieron los efectos sensoriales de la acupuntura de puercoespín y aljófar de almeja en medio semiacuático rocoso con marejadilla, no de primera mano, sino en la planta de los pies― y sin saberlo invocaron la protección de Klee, quien mucho antes de pintar el Angelus Novus ya sabía que los ángeles huelen a pescado. La memoria natatoria de Marta Pino, memoria precisa, no de pez, fue la que nos sirvió en bandeja el hallazgo. La entrada nº 390 de sus Diarios, escrita en Nápoles en semana santa de 1902, dice así: «El acuario es muy interesante. Particularmente expresivos son los bichos sedentarios, como pólipos, estrellas, mejillones. Luego hay unos monstruos reptantes de ojos venenosos, hocico inmenso y buche abolsado. Otros estaban hundidos en la arena hasta las orejas, igual que los seres humanos en sus prejuicios. Los pulpos comunes parecen mercaderes de obras de arte; en especial, uno me echaba una mirada confianzuda y comprometedora, como si yo fuese un nuevo Böcklin y él un segundo Gurlitt. Niente afari! Un angelical animalito gelatinoso (transparente-anímico) nadaba de dorso en continuo movimiento, dando vueltas constantemente a una fina banderita. El espíritu de un barco hundido».

Y asoleándose en la tapia, a la vista de algún que otro paseante que los estaba viendo a ellos, a los expedicionarios anfibios les surgió un grave dilema: volver a nado en línea recta a donde habían dejado la ropa, o volver a pie, trazando la curva de herradura de la ensenada, como si tal cosa, por delante del España y del resto de las terrazas y del pueblo entero. Supervivencia vs. decencia. Ahorrémonos el relato del desenlace. Hicieron, eso sí, lo que tenían que hacer. Y seguramente no fueron conscientes de que habían estado al otro lado del cristal, habían vuelto de entre los muertos, hermosos y no ahogados. En aquellos momentos, cuando relataban como si nada su particular travesía a nado, debí de llegar a una conclusión preliminar, aunque suene a lítote: el monumento de Dani Karavan en realidad es un columpio para que los niños se entretengan, más bien un tobogán, y la perspectiva acuática del mismo es en realidad manriqueña (vidas, ríos, mar, muerte): mirar desde abajo, desde allá, esté uno como esté, es mirar a la vida desde el otro lado de la mampara de separación, que es la muerte misma, el exitus, último pasaje. A los que no fueron, porque tienen cerebro de reptil y los reptiles no se mojan ni en sueños, envidia les dio su regreso de entre los muertos, así fueran hipocampos, puercoespines o pulpos con cuchilla al lomo. A fin de cuentas, la infancia es la patria del hombre, ¿no? En tal caso, «estos días azules, este sol de la infancia». Toma alejandrino, dijo don Antonio, y se lo echó al bolsillo del gabán. Al día siguiente, la parca le esperaba en Collioure. Allí mismo.

6

A la vuelta, tras escala técnica y repostaje en Cadaqués, que no tiene gasolinera y nos regaló una bella tarde con levante fuerza media y paz conversacional ―pese a transcurrir al aire libre, estuvimos «lazy, well fed, indoorish, each other’s best liked cat»―, unos se amodorraron saliendo del Cabo de Creus por una carretera tortuosa rumbo a la llanada del golfo de Rosas, otro conducía, otro se mataba a mandar y recibir mensajes por el telefonito. En la recta que enlaza con Figueras, sucedió algo extraño. El que conducía lo vio primero, pero lo vio mal, porque conducía. De repente, un parapente cayó en picado a pocos metros del arcén. Frenó, alerta.

―¿Has visto…?

―Vaya tozolón.

―Que no, que al final ha rectificado.

―Yo lo he visto esnafrarse.

―A mí me ha parecido que justo al final controlaba los hilos.

―Para hilos, los de la cometa.

―O los de la marioneta.

Algunos lo vieron levantarse en medio del sembrado. El que conducía no, y algún otro tampoco. Si no saludó el parapentista, fue porque su atarantamiento era mayor que el nuestro. Hacia él bajaban como las hojas un día sin viento los compañeros de voladura.

―Ya te digo.

―Está claro ―dijo uno cuando de nuevo transitábamos hacia Figueras, más despacio que nunca, otro detrás con los pulgares veloces sobre el telefonito―. Está más claro que el agua. El tipo del parapente era el ángel de la historia. ¿Qué, si no? El huracán hace sesenta años podía llevárselo de espaldas hacia el futuro mientras veía amontonarse las ruinas delante de él. Ahora, ni huracán ni brisa marina ni Eolo mofletudo que lo fundó: la gravedad tenía que despanzurrarlo delante de nosotros.

7

Al día siguiente, en el duermevela del despertar, caí en la cuenta, y digo bien, caí de bruces, no contento con ver a Sant Pau en el hospital del mismo nombre caído en el camino de Damasco, que desde mi ventana se veía este Gaudí lo mismo que se veía el Gaudí inconcluso, de que la aparición del parapente de repente no pudo ser casual. Era de cajón que barloventease como lo hizo y de un modo nada accidental se precipitara al vacío y sólo al final enderezase un poco el rumbo a peor. Esclarecido, comprendí que fue el broche natural de la visita a Portbou. Fue el ángel de la historia estampándose a manera de guinda del pastel, por más que le pese a Scholem, que tiene en exclusiva, privatizada, monopolizada más bien, toda interpretación del elemento angélico en la obra de Benjamin. Por eso el estropicio no fue a mayores. El momento en que se esnafró no hay Paul Klee que lo pinte, pero cualquier crónica debería contener un videoclip con el parapente en caída libre en verso blanco, un caligrama de sopetón. No queda otra que reconocer que el ángel de la historia era y es realmente primo carnal de Pedro Botero, el ángel caído, Lou Cypher. Como ya le dijera Auden ahora no recuerdo a quién, «don’t ever fall, Fallen Angel».

En realidad, quería pararme a pensar despierto en el reflejo rosáceo de la carne del ángel en un vaso de Campari, o, más bien, en la naturaleza antropomórfica del ángel de Klee, transfigurada en artificio luciferino (Agesilaus Santander: anagrama de Das Engel Satanas, texto autobiográfico y enigmático que Benjamin escribió en Ibiza el 12 de agosto de 1933, dice Scholem que bajo la influencia de la malaria, pero Scholem confundía el hachís con un estornudo), cuando ha pasado por delante del Campari no el bellezón que uno quería ver, sino un negro de gran belleza facial, de príncipe nubio, con unos brazos y unas piernas larguísimos (la entrepierna en concreto debía de quedarle a la altura de mi pecho si me hubiera levantado), pero con un torso tapón. Y he pensado en cambio que Das Engel, silábicamente descompuesto y debidamente traducido, da por resultado… leyendas.

Si el ángel de la historia irrumpiera hoy lo haría sin duda en parapente, y seguramente entre Rosas y Cadaqués. Tanto cambian los tiempos que la epifanía se acompaña hoy de mosquetón y correa de seguridad, lucha contra el viento y sobrevuela los aeródromos de la costa catalana. Tuvo que ser la iluminación de un dios superior ―¿los hay inferiores?― para borrar de un plumazo o batir de alas todo nuestro escepticismo. El OVE (Objeto Volador Epifánico) tenía que posarse sobre el capó de un Chevrolet por la carretera de Sintra, pero la tramontana frustró el intento y la cosa fue como la tela dispuso. Cayó el OVE al poco de pasar nosotros de largo, es decir, nos dio la espalda, o casi, porque Carlos, que tiene algo de arpista y de Orfeo, y al que a Juan le gustaría mucho ver atado a un palo mientras callan las sirenas, no pudo resistir la tentación de volverse y presenciar el aterrizaje ―el hostión, según otros― de nuestro mensajero. Porque seguro que el OVE nos traía un mensaje. Está por ver de quién. ¿De Marián? ¿De Valtario? ¿O era Amor la que se descolgaba del engendro? ¿O el alcalde y restaurador del España, que buscaba una piedra con el número 41?

A veces alguno de nosotros sospecha que Cristo y otros mensajeros de la fe (en hebreo, ángel y mensajero se dicen igual) han venido a visitarnos y no les hemos hecho ni caso. Hemos perdido toda oportunidad de redención. Si, por ejemplo, mañana se presenta un tío con barba en la Conferencia Episcopal, o en la Plaza del Vaticano, o en Montserrat, llama a la puerta y dice: «Buenas, soy yo, el ungido. He venido a redimiros. Perdonad el retraso, pero es que el cielo está imposible», lo encierran en menos que canta un gallo.

Pues lo mismo con el OVE. Si el tío cumple su misión, se nos planta sobre el capó y nos suelta un «¿Qué hay? Soy tal o cual ángel, el de la historia y el exterminador, vengo de arriba, así, con esta pinta, porque es más seguro y se llega antes»; si el tío consigue comunicarse con nosotros, se abre el mono de parapentista y nos muestra el tatuaje de un ángel que lleva en el pecho, fijo que nos la pegamos. Y habrá que pensar si el regreso a Portbou lo hacemos en coche, parapente o moto acuática. Otro de nosotros apunta que la idea de llegar por mar y vestido con un traje de neopreno a preguntar por los últimos días de Benjamin ―«Bon dia tingui; sóc un investigador benjaminià, venia a veure si em poden ajudar amb un llibre que estic escrivint»― le pone que no veas. Otro propone llegar en patera fingiendo haber confundido Tarifa con el Montseny. En el Museo Teatro de Figueras podría haber un cuadro todavía por ver, seguramente todavía por pintar, que por eso mismo podría estar en el Museo: «El ángel de la historia visita a María en Ampuriabrava». Tobías, ándate con ojo.

A veces pienso si no habrá sido todo fruto de haber dormido con una camiseta del ACNUR en cuya pechera aparece el Einstein de toda la vida, sin sacar la lengua, y este lema: «Einstein was a refugee». A la espalda, este otro: «What if the world had turned its back on him?». A Benjamin, que es equiparable a Einstein en la medida en que las humanidades tengan punto de comparación con la ciencia, el mundo le volvió la espalda. Pero debe de ser que el sueño de la razón es pasto abonado para los traumatólogos. Por fortuna, la piedra plana y gris, con el número 41 a la espalda, sigue estando encima de mi mesa.

El especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta en el programa Nostromo de TVE

22 Marzo, 2011 por Granta Sin comentarios »

En su edición del pasado 3 de marzo el programa Nostromo de La 2 de TVE dedicó un apartado importante al número especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta. Ignacio Vidal-Folch introduce este especial en el programa refiriéndose a «la aventura de convertirse en escritor y de sobrevivir a ello.»

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El apartado en cuestión empieza recogiendo el testimonio de Valerie Miles y Aurelio Major, los editores de Granta en Español, con respecto tanto a las motivaciones que los llevaron a construir y a editar una lista de “Los mejores narradores jóvenes en español” como al proceso de selección de los autores que forman parte de ella.

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En relación con las motivaciones para emprender este proyecto, Valerie Miles dice que «consideramos que es un momento muy propicio para Granta empezar un proyecto de selección del talento en la lengua. Mirando que ahora hay mucho interés de parte del mundo anglosajón por lo que se está escribiendo en español, pensamos que es el momento perfecto para darles una selección de jóvenes con talento.»

Aurelio Major, por su parte, comenta no sólo lo que significa para los autores estar en una publicación al lado de otras 21 voces destacadas de la narrativa de hoy en lengua española, sino también la visibilidad que les da a éstos la aparición de manera casi simultánea en inglés del especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta.

A continuación Ignacio Vidal-Folch presenta a Sònia Hernández y a Patricio Pron, dos de los autores incluidos en el especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta.

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Además de hablar acerca de su obra y de lo que significa para ellos formar parte de este selección de “Los mejores narradores jóvenes en español”, los dos autores han tenido la oportunidad de conversar con Ignacio Vidal-Folch y con el escritor Rafael Chirbes sobre la importancia que hoy en día tiene la literatura en el ámbito social.

Os invitamos a ver en la edición del 3 de marzo de Nostromo la parte correspondiente al especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta, que transcurre entre los minutos 24.15 y 49.20 del programa.