Primeras páginas de Dura la lluvia que cae, de Don Carpenter

Esta semana os presentamos Dura la lluvia que cae, una obra maestra de la época beat de Don Carpenter

Esta semana os presentamos Dura la lluvia que cae, una obra maestra de la época beat de Don Carpenter.

Este título viene a engrosar las filas de nuestra colección de clásicos modernos NYRB.

George Pelecanos ha prologado la obra: «La obra maestra de Carpenter, hace años descatalogada, es la novela definitiva de la delincuencia juvenil y una acusación mordaz de nuestro sistema judicial que todavía es relevante hoy.»

«Un libro de la época beat de jóvenes desafectos pero sin la euforia de On the Road pero más conmovedor y apasionante por su base fatalista. Las vidas pequeñas aquí contenidas son indelebles.» Richard Price

«Don Carpenter es uno de mis preferidos.» Jonathan Lethem 

Aquí puedes leer las primeras páginas.


Introducción del libro Una historia política de los intelectuales

Esta historia nació de una frustración. A medida que avanzaba la escritura...

Introducción

Esta historia nació de una frustración. A medida que avanzaba la escritura de Une histoire de France, tenía la sensación de ser prisionero de la política, grande o pequeña, de los entresijos del poder y de una única especie de grandes hombres, los poseedores de la autoridad suprema. Los movimientos de la sociedad se me escapaban entre los dedos; la vida de las ideas aparecía al trasluz; las artes y las letras constituían un lejano telón de fondo. Y a los hombres de Estado no los cuestionaban más que sus pares y los aprendices de sus pares: Napoleón se las tenía con Alejandro y Wellington, nunca con Chateaubriand; Clemenceau nunca se encontraba a Péguy en su camino; De Gaulle escapaba al bombardeo de Sartre.

De aquí surge el deseo de enrocarse como en el ajedrez y dejar a un lado a los intelectuales. Extraña palabra nacida, como es sabido, en el episodio del caso Dreyfus, pero que corresponde a una realidad mucho más antigua. ¿Dónde situar el punto de partida de este linaje? ¿En Sócrates o en Platón? ¿En santo Tomás de Aquino? ¿En Erasmo? Que cada uno opine lo que quiera.

El intelectual moderno nace, según mi punto de vista, en el siglo XVIII, cuando escapa a la influencia de la realeza y a la omnipresencia religiosa. Es la sociedad la que constituye a partir de ese momento su líquido amniótico, y no ya la monarquía ni la Iglesia. Adopta una posición para enfrentarse al poder; ese enfrentamiento define su identidad tanto como su trabajo de creación. La opinión pública y la posteridad no se equivocan. Bergson es un filósofo, no un intelectual, pero Camus sí lo es. Gracq es un novelista, pero Aragon es un intelectual. Proust es... Proust, pero Gide es un intelectual. Esta percepción intuitiva corresponde a una definición casi natural. El intelectual piensa el mundo, ya sea parcialmente, e incluso incidentalmente, pero se sitúa plenamente en él: las palabras son actos; las ideas, armas; las teorías, cánones. Es, lo mismo que la di- versidad de los quesos, la variedad de los paisajes o la pasión por las revoluciones, una especialidad muy francesa.

Hay pensadores en todas partes, igual de importantes o incluso más esenciales, pero Burke no interpreta su partitura como Benjamin Constant, ni Darwin como Victor Hugo, ni Keynes como Malraux. Del mismo modo, allí donde con más fuerza resopló el espíritu, es decir, en la Alemania del siglo XIX, ni Fichte, ni Hegel, ni Marx ni Nietzsche son intelectuales en el sentido francés del término. Dibujan el universo, las clases, las razas, pero no se erigen como opositores al poder de un sistema político cuya destrucción algunos desean, sin embargo. ¿Quién puede imaginar a Nietzsche tronando como Zola, a Marx polemizando como Hugo o más tarde a Thomas Mann partiendo, como Gide, a un peregrinaje ambiguo a la unión Soviética?

Así pues, salí en busca de un personaje de lo más francés: el intelectual. En busca también de una respuesta a una pregunta insistente: ¿por qué los intelectuales franceses piensan de manera cada vez más equivocada, a medida que pasan las décadas? ¿Por qué consiguen llevar a cabo combates teñidos de humanismo y simultáneamente divagan ideológicamente? ¿Por qué el matiz, la mesura y el equilibrio se han convertido para la mayoría, incluso hoy, en palabras obscenas? No tengo la presunción de juzgar ni su talento para escribir, ni su potencia creadora, ni su genio artístico, sino que me contento con observarlos pertrechado del minucioso rasero de la influencia que han querido ejercer sobre la sociedad de su tiempo y de las opiniones que nunca han dejado de proclamar.

Del mismo modo que me atreví, como historiador de fin de semana, a escribir una Historie de France, como intelectual de pacotilla me arriesgo a atacar a la corporación más poderosa de nuestro país a lo largo del tiempo. Múltiples digresiones, callejones sin sa- lida deliberados, opciones asumidas, osados atajos, despropósitos deliberados, innumerables juicios tajantes: ahí están todos los ingredientes necesarios para sufrir un proceso por brujería. Pero hablar de los intelectuales, que tan a menudo cultivan una chirriante mala intención, con un poco de mala intención juguetona, no está prohibido. Ésa es mi apuesta.  


Citas de Una historia política de los intelectuales, de Alain Minc

Una historia política de los intelectuales ya está en las librerías...

 (...) Pretextos

 

«Antes de la entrada en liza de Zola, existía una vida del espíritu; a partir de “Yo acuso” se abre no ya una historia intelectual, sino una historia de los intelectuales.»
Pág 206

 

«El intelectual piensa el mundo, ya sea parcialmente, e incluso incidentalmente, pero se sitúa plenamente en él: las palabras son actos; las ideas, armas; las teorías, cánones.»

Pág 8

 

«Algunos, como Malraux, pasaron de la izquierda a la derecha; otros, como Mauriac, de la derecha a la izquierda; algunos permanecieron fieles a una línea original, como Camus o Aron. Sartre, por su parte, da vértigo y no dejará de hacerlo durante las décadas siguientes. Pero los reyes tienen derecho a la impunidad, como los papas a la infalibilidad y el jefe de Les Temps Modernes se beneficiará de ello hasta hartarse.»

Pág 367

 

«En casa de madame de Tencin, se abolían las fronteras y las clases a favor del único criterio evidente: la inteligencia. Ciertamente su predecesora, madame de Lambert, se había atrevido a mezclar en su salón a aristócratas y a hombres de letras, como si las diferencias de casta pudieran desvanecerse mientras dura una conversación.»

Pág 13

 

«Cazar en manada es siempre una ventaja. Sartre sin Beauvoir y sin la corte no habría podido llevar a cabo semejantes idas y venidas políticas con tan mínimo coste. Amigo del PC, adversario, compañero de ruta, de nuevo adversario. Ningún otro intelectual se balanceó tanto ideológicamente.»

Pág 367

 

«[Bernard-Henri Lévy] es el primer intelectual que maneja la televisión con la misma eficacia que lo había hecho, en el mundo de la política, Valéry Giscard d’Estaing. Al mismo nivel que el instrumento, va conociendo intuitivamente sus resortes. Tras él, como después de Giscard, ni los intelectuales ni los políticos podrán comunicarse a la antigua.»

Pág 412

 

Una historia política de los intelectuales ya está en las librerías.